Las mujeres borrosas de Phillipe Pache

Publicado noviembre 12, 2010 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Borges decía que a diferencia de las personas enfáticas, él prefería la sugerencia. Claro que con Borges hay que tener cuidado, pues podía ser tan enfático como un trueno. Como cuando dijo: “A mí me gustan las uvas, las bananas también, sólo que la banana no me parece una fruta. Otra fruta que no me parece una fruta es la manzana; no entiendo por qué tiene tanto prestigio”.

Volviendo al agradable tema del sugerir, apareció en la revista “Chasseur d’images” un portafolio del fotógrafo suizo Philippe Pache junto a una entrevista. Pache dice: “Contrariamente al ‘instante decisivo’ de Cartier-Bresson, a mí me gusta el instante indeciso. Ese momento cuando no ocurre nada muy preciso. Amo las imágenes que sugieren, que nos hablan de un instante paralizado en el tiempo, pero que parecen antes que nada proponernos un instante que vendrá. La verdad es que no me gustan mucho las imágenes demasiado construidas, demasiado bien encuadradas o demasiado afirmativas. Más que la representación, en mis fotos yo busco la sugerencia, la emoción y la luz. Y esta luz que me roza hoy ya me influenciaba cuando niño”.

Es escasa la información que hay en internet sobre Philippe Pache. Sus fotos en cambio abundan. Y son deliciosas. Según cuenta, para sus trabajos personales trabajaba sólo con blanco & negro hasta que vio la película “In the Mood for Love”, del hongkonés Wong Kar-Wai (que yo no he visto). “Después de esa película me di cuenta de que el color podía también aportar una emoción”.

Su uso del desenfoque nos hace pensar que la nitidez puede ser aplastante como el piso de las calles sobre la geografía. Y la luz que busca, según explicó en un workshop en la Toscana, Italia, es como una querible madre soltera: “Los voy a empujar a que se den cuenta de que la luz más bonita no es la de la fotografía profesional en estudio, sino la que está alrededor de ustedes, en todas partes. La manera de usar la luz en fotografía no es ‘prefabricando una iluminación’, sino mirando la luminosidad existente e imaginando sus resultados en las fotos”.

Las vigas de su trabajo son esas: la luz, la imprecisión del desenfoque, y también las mujeres y los retratos. Y deprecia la técnica: “Muchos fotógrafos son grandes fotógrafos sin ser grandes técnicos. Ellos saben perfectamente la técnica que necesitan para la expresión. La técnica es el instrumento, pero más importante es la anhelada música para expresarse”.

Por eso Pache cita a Jean Cocteau: “Como todos los misterios están más allá de nosotros, podemos fingir que somos sus organizadores”.

La foto que dirige este texto fue la portada de “Chasseur d’images” de abril. Tiene un aire oriental zen, como lo que señalaba un amigo de este blog respecto de las fotos zen de Claudio Bertoni, para quien la técnica también es algo semi ajeno. El foco (la superficie) está en las gramíneas. El fondo es la mujer: irresuelta por profunda como la materia.

La última foto vivo de ese hombre llamado Ernesto Guevara

Publicado febrero 22, 2010 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

A propósito de “Chilenas”, el libro de Claudio Bertoni reseñado antes en este blog, convienen los dichos del Che Guevara sobre las chilenas. En su paso en moto por la ciudad de Los Ángeles alojó con su amigo en el cuartel de bomberos cuyo jefe tenía tres hijas que se comportaron muy resueltas esa noche con los dos argentinos. Guevara dijo de ellas que eran “exponentes de la gracia de la mujer chilena que, sea linda o fea, tiene una cierta espontaneidad, una frescura que cautiva inmediatamente”.

La foto que encabeza esta crónica fue tomada 15 años después de ese paso por Chile y enuncia el último día de vida del Che Guevara.

Estaba también la posibilidad de historiar la foto de Korda, pero sale hasta en la sopa y se ha dicho tanto de ella. La foto que tomó Korda es simbólicamente la imagen de la resurrección de un hombre, que fue lo que efectivamente ocurrió con la foto de Korda que demoró varios años en valorarse no sin antes estrechar su encuadre para que saliera sólo el Che y no otra gente alrededor –ocurrió lo mismo con esa foto de Pinochet donde aparece con lentes negros y cara de huaso terco-, y luego de que la propia Habana lo rehabilitara tras dejar en hibernación por años la epopeya de ese hombre extraordinario. Claro que el Che resucitó para convertirse en modelo de los niños de Cuba y también, por coyuntura, para ser devorado y regurgitado por la cultura pop, que lo banaliza restándole complejidad al personaje.

Por eso es interesante desenterrar esta otra foto del Che. Porque es una foto mágica, si se me perdona la expresión. En esta foto el Che está listo para cumplir su destino: morir. Si el Che no hubiese muerto, si hubiese vuelto a La Habana con un segundo fracaso a cuestas después del Congo, la simbólica trinidad revolucionaria no habría contado con su mártir. El Che debía morir y él lo sabía. Sin su “sacrificio”, Fidel –un tipo también extraordinario que traía marcado en la frente su destino al nacer: ser rey- y Raúl –esa suerte de espíritu santo que siempre estuvo ahí envolviéndolo todo y que ahora gobierna ese pueblo fantástico-, sin ese sacrificio, como decía, la revolución habría sido otra herejía política más buscando su acomodo. El Che Guevara fue probablemente el hombre más fiel a sí mismo del siglo XX, más inmensamente justo y no por eso menos cruel, un tipo desconcertantemente austero, lealísimo a su mujer, y que anunció noblemente su fe en el hombre nuevo; y fue también un hombre que pecó de una ingenuidad feroz, de un desconocimiento de la naturaleza humana que abisma, que creyó ilusamente que su voluntad era un océano de voluntades. En suma, el Che Guevara es un hombre extraordinario.

Una foto con la Pentax

Como decíamos, en la foto aparece el Che Guevara el día de su muerte. El tipo que está al lado se llama Félix Rodríguez, sobrino de un ministro de Fulgencio Batista, el dictador rasca de Cuba hasta que a él y a todos los suyos los barrieron de la isla las columnas de Fidel el 1 de enero de 1959.

Ese día de la fuga de Cuba en masa principalmente hacia Miami, Félix Rodríguez juró que su meta en la vida sería exterminar al Che Guevara.

El 9 de octubre de 1967, un día después de la captura del Che en Bolivia, aterrizó en el poblado de Vallegrande un helicóptero militar que transportó a un coronel boliviano y al “capitán Ramos”, la chapa del agente de la CIA Félix Rodríguez.

El Che Guevara estaba arruinado físicamente por la infernal e infructuosa marcha por Bolivia donde tristemente ni un campesino andino se sumó a la revolución. Rodríguez lo encontró en el suelo amarrado y sangrante por un balazo en la pantorrilla entre sus múltiples heridas. El agente de la CIA estaba absorto contemplando a su archi enemigo. Sostuvieron dos diálogos. En el primero el Che le dijo tú no eres boliviano, “no, soy cubano de nacimiento y miembro de la anticastrista brigada 2506 de la CIA”, ¡ja!, descargó el Che.

Luego llegó la orden desde La Paz de eliminar al Che, según cuenta Jon Lee Anderson en su biografía sobre el Che. Rodríguez no quería que lo mataran, quería llevárselo a Panamá para interrogarlo. Había helicópteros estadounidenses esperando, pero no se pudo comunicar con la agencia para recibir órdenes. Rodríguez pensó que la vida del Che estaba en sus manos, pero temió cometer un error histórico con el secuestro que impediría por el momento y quizás por cuanto tiempo deshacerse de él. Entonces Rodríguez ponció sus manos en la fuente de Pilatos y escribió más tarde en sus memorias: “La decisión era mía. Y mi decisión fue dejarlo en manos de los bolivianos”.

La segunda conversación la gatilló un disparo que escuchó Rodríguez. Pensó que habían matado al Che, pero no, la bala ultimó a otro guerrillero que habría intentado huir. Rodríguez levantó al Che Guevara, lo sacó al aire libre y le pidió a un tipo que le tomara una foto junto al Che Guevara. Con la cámara Pentax del propio Rodríguez. Esa es la única fotografía del Che vivo el día que murió. Luego conversaron dentro de la escuela donde arrestaron al Che. Le dijo al Che que lo “lamentaba”, que había hecho lo imposible por impedir su ejecución. Según Rodríguez, el Che contestó: “Mejor así. No debí permitir que me tomaran con vida”. Comandante, ¿quiere enviarle un mensaje a su familia?, “dígale a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y dígale a mi esposa que vuelva a casarse y trate de ser feliz”.

En ese momento, cuenta Rodríguez a Jon Lee Anderson, abrazó al Che: “Fue un momento de tremenda emoción para mí. Ya no lo odiaba. Le había llegado el momento de la verdad y se portaba como un hombre. Enfrentaba la muerte con coraje y dignidad”.

A la 1:10 de la tarde del 9 de octubre de 1967 el soldado Mario Terán mató al Che Guevara. Tenía 39 años. Se dice que a todos los que rodearon la muerte del Che les cayó una maldición. Terán se convirtió en un personaje patético. Rodríguez por su parte tuvo, como buen agente de la CIA, una vida turbia. Él dice que ese día en Vallegrande le comenzó una nueva enfermedad: asma, la misma que padecía el que había dado su último suspiro. En la casa de Rodríguez en Miami hay muchos recuerdos de su vida contrainsurgente. Su foto con el Che Guevara ocupa el sitial principal.

Claudio Bertoni y sus cochinadas sobre las chilenas

Publicado febrero 7, 2010 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía


Pese a su alta perecibilidad, hay excepciones dentro del mundo de los diarios. Recuerdo un par de artículos como lo mejor que he visto escrito jamás en los diarios, siendo un cagatintas que ha trabajado toda su vida en diarios. Artículos que cometí el error de arrugar por cierto, aunque recuerdo qué temas trataban, y no olvido tampoco que en ambos el protagonista era Claudio Bertoni, fotógrafo y escritor y músico. En uno él era el entrevistado y el título decía “Los verdaderos superhombres son los hombres comunes y corrientes”, y hablaba de que los super héroes de hoy son mayoría: mujeres y hombres que tienen que llegar a fin de mes con un sueldo pagando las cuentas. El otro artículo inolvidable fue escrito por el propio Bertoni y trataba sobre el monje Thomas Merton –traductor del maravilloso Chuang Tzu-, a quien interrogaba ficticiamente sobre cómo se mejora uno del condenado placer.

En su libro de fotografías con poemas llamado “Chilenas”, Bertoni dice “Ernesto Cardenal está en Santiago/ lo entrevistaron/ en la Radio Cooperativa/ a las 9 de la mañana/ yo le habría preguntado/ cuándo dejó de amar a las mujeres/ y empezó a amar a Dios/ y sobre todo le habría preguntado/ ¿¡Cómo!?”

La mezcla de fotografías y textos breves, sintéticos, en este caso poéticos, más nutridos por cierto que una lectura de fotos, resulta muy atractiva. Brevedad y profundidad que cicatrizan super bien estos tiempos tan rotos.

Bertoni es un tipo que lleva décadas sacando fotos, y pese a no saber mucho de técnica fotográfica, según ha contado, se ganó una beca para crear alguna cuestión con su cámara. La blande a la altura de su cintura para que no lo pillen y va disparando, en el caso de “Chilenas”, por las calles de Santiago y Valparaíso y sus alrededores. Hay algunas fotos del libro que son fomes, hay muchas que son deliciosas por su erotismo, hay unas cuantas que son como de profanador de cuna, pero vistas en seguidilla, industriosamente, única forma de apreciar la calidad de un fotógrafo, resultan un fresco de la mujer chilena (él ha dicho que le encantan las chilenas, pero que si hubiera nacido en Vietnam le fascinarían las vietnamitas).

“Cara de santa/ culo de puta:/ the Best”. Ese es el tipo de verso caliente que escribe Bertoni junto a las fotos de mujeres entre las que hay de todo, feas y bonitas, pero quedando la sensación de que todas son unos diamantes chilenos. Parafraseando el título de quiénes son los verdaderos súper héroes de hoy, las mujeres de “Chilenas” son todas heroínas fabulosas y silvestres. Y negando tres veces al monje Merton, en todas brota inconscientemente el erotismo y el placer. Incluso Bertoni alcanza, según mi modesta opinión, a rozar las caricaturas de la fisonomía de las chilenas (hay rostros en la calle que uno apostaría un brazo que es de un mexicano, peruano o argentino).

Al ir husmeando chilenas, Bertoni no niega tampoco su degradación, lo que resulta, aparte de sincero obviamente, muy simpático: “Una ayudita por favor/ una tetita/ una zorrita un culito/ una corridita de mano/ lo que sea/ una ayudita por el amor de dios”. El placer como compulsión, como un drogadicto con “bajón de hambre”.

Se nota en las ropas y carteles y autos que las fotos fueron sacadas durante años con su máquina Nikon FE de 35 mm. La imagen que ilustra este texto -imagen que en su artículo sobre “Chilenas” el diario “la Nación” cortó con impunidad, menoscabándola- es un misterio: dónde estaba parado Bertoni, cómo es el juego de espejos que sostiene su punto de vista, ¿ella lo está mirando a él?

Erik Johansson, el sueco que inventó una nueva risa

Publicado septiembre 11, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Go Your Own Road es el título de esta foto. El tipo se lo tomó literalmente.

Go Your Own Road es el título de esta foto. El tipo se lo tomó literalmente.

La gracia de Erik Johansson es que “inventó una nueva risa”, usando la frase que le dijo el ya muerto pintor Roberto Matta al aún vivo poeta Diego Maquieira.

Con una imaginación que echa mano a los lugares comunes de lo extraordinario, a lo posible de lo fantástico, da forma a unas fotografías risueñas y oníricas que de alguna manera nos pertenecen (uno piensa cómo no se me ocurrió a mí). Un monstruoso bulldozer haciendo algo tan serio como la infraestructura de una ciudad y que sin embargo está jugando al gato. Un jarrón que alcanzamos a detener antes de que se quiebre pero se nos quiebran las manos. Un cuadro marino que acomodamos en la pared mientras se derrama el mar sobre nuestros pies. Un helado que no se derrite pero sí la mano que lo sostiene. Un tipo en el campo que arrastra un camino rural cuyo pavimento se arruga como una sábana estrujada.

Pudo haber hecho algo distinto con las habilidades que tiene. Pudo no haberse reído por ejemplo, si hubiese elaborado imágenes grandilocuentes, de gustos sofisticados, arte en serio. Pero hizo algo más original que eso, recreó artificialmente un humor entrañable. Basta buscar galerías suyas en internet y leer los comentarios que hace la gente de su trabajo. Todos se matan de la risa.

Se llama Erik Johansson, es sueco, tiene 24 años y es estudiante de ingeniería en computación. Su primera cámara digital la obtuvo a los 15 años. Pero recién el 2007, cuando se compró su primera reflex digital, empezó en serio su juego de manipulaciones.

Aparecieron encargos

“Siempre tengo una idea final de lo que quiero, pero en el camino voy cambiándola. Me demoro entre 10 y 20 horas en crear cada imagen”, ha dicho Johansson. Su cámara es una Canon EOS 40D y usa principalmente un lente Canon EF 17-40mm f/4L. El computador que usa tiene un procesador Intel i7 920 con 6 GB de Ram y un Asus Radeon HD 4850. El monitor es un Eizo TFT de 22’’. De software usa Vista 64-bit y Photoshop CS4. No usa software 3d.

Sin embargo, también ha dicho que ocupa otra cámara y otro lente: “Fotografío casi todo con mi Canon EOS 5d mark II, principalmente con los lentes 17-40mm f/4L y Canon 50/1.8”.

También padeció el mal del fotógrafo novel, que no tiene filtro, no tiene esfínter, según contó a un sitio en internet: “Antes me ponía ansioso pensando en qué cosas podría hacer con las cosas que veía, pero he aprendido a relajarme”.

Sus proyectos pronto: “Ahora siento que debo tener un pez en uno de mis proyectos. También tengo ideas con las luces callejeras que concretaré pronto”.

-Le preguntaron ¿cuál crees tú que es tu mejor imagen?

-Yo creo que “Go your own road”, pero creo que estoy en constante evolución.

Go Your Own Road (ve por tu propio camino) es justamente la foto que instalamos aquí. Y el tipo se toma ese lugar común de manera inflexible, literal, y levanta con sus manos el camino y se lo lleva consigo.

Y como su ingenio es evidente, a Johansson le empezaron a salir trabajos: “La mayoría de mis imágenes son proyectos personales hechos para descubrir y experimentar con distintas técnicas. Pero el año pasado comencé a recibir encargos de agencias de publicidad, lo que es muy entretenido”.

Su método de trabajo: “Cuando sé lo que quiero empiezo a buscar escenarios donde tomar la foto que necesito. Esto me toma mucho tiempo porque el escenario es clave para el resultado final”.

Johansson reconoce influencias de René Magritte, Escher y Dalí, en pintura, y del fotodigitalizador Koen Demuynck.

Por último, comparte una sugerencia: “Tengo un consejo concerniente a photoshop. ¡No tengas miedo de probar y tentar posibilidades, es el mejor modo de aprender! Mientras más trabajes con photoshop, mayores posibilidades se abrirán para concretar ideas nuevas”.

Terry Richardson, el primero que le dijo a Obama: “Saquémonos una foto”

Publicado julio 10, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

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Muchos se preguntaron si había sido una decisión correcta la de Barack Obama cuando en julio del 2007 se dejó fotografiar por Terry Richardson para la revista “Vibe”. Un sector de la galería en internet decía que lo realmente riesgoso había sido posar alegremente junto a Richardson en una foto para el recuerdo que le pidió, era que no, el mismo fotógrafo, cuando la manía por anudar un recuerdo con el virtual candidato presidencial negro nacía a la par de una sensación de vértigo dentro de la historia de la democracia. Se decía que los rivales de Obama y los ultra conservadores sacarían un provecho siniestro de esta fotografía invocando los presuntos antecedentes desviados de Richardson.

Lo curioso es que la foto de ambos prendió como un reguero de pólvora a través de internet, y si Richardson ya era famoso, llegó a las nubes de popularidad. Y Obama por su lado, carismático hasta el tuétano, y astuto, se aseguraba una visibilidad mediática importante trasluciendo la calidez que a la gente tanto le gusta.

La historia de “saquémonos una foto con Obama” –como lo hicieron periodistas chilenos y luego colombianos en Washington en junio pasado- ha llegado lejos, y al final la imagen junto a Richardson no lo perjudicó en nada. Todo lo contrario, al igual que al loco de Richardson, que venía juntando arte, moda chic y pornografía con bastantes elogios y repudios. Conocidas son sus sesiones de foto donde a medio camino el tipo se embala con la modelo de turno en un juego erótico que obliga a los asistentes a agarrar las cámaras y tomar las fotos. Es parte del juego. “Siempre he dicho que más que tomar fotos, yo produzco fotografías”.

La última gracia de Richardson es el calendario Pirelli 2010 del que acaban de mostrar un adelanto. Y se nota la mano del tipo por el exhibicionismo de las chicas. Exhibicionismo que es como su sello. Richardson convocó a 11 modelos a la zona de Bahía, en Brasil, y tomó 100 mil imágenes de las que serán seleccionadas sólo 50 para el calendario que se lanzará el 19 de noviembre en Londres.

La ubre de la vaca

Terry comenzó a sacarle lustre a sus locuras a mediados de los 90 cuando fotografió moda para editoriales usando luces crudas. Su sello era la antítesis de las super producciones fotográficas de tipos como Nick Knight o Stephen Meisel. Era como oponer la canción punky al engolado rock sinfónico como efectivamente ocurrió a fines de los 70.

Justamente esa réplica punk llevada a la fotografía fue lo que encumbró a Richardson. Destacó por lo que hizo con marcas como Gucci, Levi’s, Hugo Boss, Tom Ford y otros que lo han buscado por esas vísceras punkies.

Cuando niño tuvo muchos problemas de adaptación social; tímido a rabiar durante su niñez en California, quedó marcado cuando su padre, Bob Richardson, un fotógrafo de modas que tuvo un esplendor intenso y breve arruinado luego por la esquizofrenia, abandonó a la familia para irse con una actriz de 17 años llamada Anjelica Houston. Su madre se vengó de él levantando polvareda con Jimmy Hendrix y Keith Richards.

Bob murió en 2005. Pocos años antes, cuando debido a la enfermedad vivía en la calle y del amparo del Estado, se rejuntó con Terry, trabajaron en algunos proyectos incluso, y se produjo una suerte de reconciliación.

Y el padre, apóstol del sexo, las drogas & el rock and roll, le trasvasijó fielmente la fe a Terry, que hizo de esos mandamientos una postura fotográfica, aunque con los años cada vez más decantada en sexo.

Al diario “The Guardian le comentó el año 2004: “A mí personalmente no me gusta el porno. Las cosas de carácter porno me irritan porque hay demasiada tristeza y dolor en ese mundo; tan poca alegría y placer. Yo no consumo pornografía, ni siquiera voy a los topless como la mayoría de mis amigos. No me gusta explotar a nadie y todos se divierten cuando los fotografío”.

Una de sus fotos más famosas fue la que le tomó a la modelo Josie Moran para la marca Sisley el año 2001. Josie salía con la boca salivando leche y delante de ella estaba la ubre de la vaca. U otra, para la marca Katharine Hamnett, donde una modelo viste una faldita tan corta que se le ve el bello púbico.

Quienes lo han entrevistado creen que sus sesiones fotográficas son en realidad un montaje de su neurosis sexual y a la vez una proyección de sus fantasías adolescentes.

Es reiterativo que los periodistas le consulten si sus fotos son pornográficas. Durante el trabajo para Pirelli no fue la excepción. Dijo: “El desnudo sí escandaliza, ¿y la guerra no?”

Pero esta otra cita, a propósito de una exhibición en una galería artística, es más desconcertante: “Quiero decir que no creo que yo sea un adicto al sexo, pero sí tengo asuntos, toneladas de asuntos. Como que el significado de esta exposición podría ser la crisis del meridiano de mi vida. O quizás como dejé hace años de beber y drogarme, debo llegar alto en el sexo y ser exhibicionista. O quizás pase porque de niño fui tímido, en cambio ahora soy un tipo poderoso que domina a todas estas chicas”.

John Pérez, autor del boloccazo, revela los secretos de su entrometida foto

Publicado marzo 20, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Esta impúdica foto de Johnny Pérez fue simple casualidad. Sin embargo, se necesitan dos cosas para que ocurran: oficio y suerte.

Esta impúdica foto de Johnny Pérez fue simple casualidad. Sin embargo, se necesitan dos cosas para que ocurran: oficio y suerte.

En un matrimonio hace dos semanas una niña balbuceó algo sobre el fotógrafo de la fiesta. ¿Que es quién?, le preguntaron. “Pérez, John Pérez. Él es el legendario John Pérez”. En rigor y pese a su nombre como de futura película fantástica chilena, él no es muy conocido así de oídas. Pero si uno menciona el Boloccazo, si le digo que él tomó esa entrometida fotografía en el Festival de Viña del Mar con Cecilia Bolocco danzando alucinada pero con un error de cálculo fatal aunque deliciosamente impúdico, seguro que no volverá a olvidar a John Pérez.

John Pérez, de 47 años, tiene más historias que John Wayne y Johnny Walker juntos. Partiendo por su nombre. Un homenaje a Wayne: como su hermano mayor ya se llamaba Juan, su padre, Juan Pérez Soto, decidió colocarle John.

Pero vamos a la foto. Pues corría el Festival de Viña del año 2000 (John fue a 18 Quintas Vergaras). Era el primero de Canal 13 en solitario después del control de Mega. Pérez iba con otro fotógrafo por el diario “La Nación”. Pero tenían sólo una acreditación. El otro fotógrafo, más joven, le pidió por favor a Pérez que le cediera el asiento. John cedió sin problemas.

“Me metí entre medio del público, hincado en un pasillo junto a otros colegas y quedé al medio del escenario de frente pero más atrás que mi compañero”, recuerda John. “Y en eso comienza la inauguración y sale la Bolocco bailando con bailarines y de repente levanta la pierna. Como mi cámara era de las digitales antiguas uno no podía ampliar las imágenes en la pantalla. Tomé varias fotos pero una sola del momento en que levanta la pierna, aunque sin sospechar nada”.

Con agitación festivalera fue luego a entregarle la tarjeta de memoria con las fotos a su colega, que tenía la misión de despacharlas a Santiago. Pero el tipo no estaba. Eran cerca de las 11, la hora fatal para que “La Nación” las recibiera. John se logra comunicar con el diario y le urgen porque necesitan más fotos, las que llegaron no les satisfacían completamente.

Apuradísimo alcanza a enviar una serie de las suyas. A los minutos recibe un llamado de la laboratorista de fotografía de “La Nación”: “John, se le ve todo a la Bolocco. Y va en la portada del diario”. “Ohhhhh, dije, quedé pa’ dentro. Me van a quitar la credencial, la municipalidad, el Canal 13. ¿Y qué se le verá?, me preguntaba. El diario nos arrendaba un departamento, entonces quería que terminara esa noche para verla en el computador… Finalmente la amplié y se le veía todo”, cuenta Pérez.

Mientras tanto en el diario el editor de noche telefoneaba al editor superior: “Pero se le ve algo”, “no”, “entonces ponla no más en portada”.

La mañana siguiente fue de copiosos llamados. “De diarios, radios, de Argentina, Venezuela, de Miami, de ‘La Nación’ para felicitarme. Salí a buscar el diario y estaba agotado. Primera vez que se agotaba por una foto. Si incluso desapareció el ejemplar del archivo de ‘La Nación’. Se habló todo el día de la foto. Pasalaqua dijo que era trucada, dijeron que yo estaba de acuerdo con la Bolocco, ¡pero de a dónde!: que justo ella levantó la pierna y yo fui el único fotógrafo que la tomó… Y me topé con Pasalaqua y le dije que yo no engaño. Pero él está preocupado de otras cosas. Y la Bolocco dijo que había sido mala leche, que se metieron ¡debajo! del escenario para tomar la foto”.

“Cuando volví al diario todos me felicitaron, aunque algunas mujeres se sintieron ofendidas. Después me llamó el gerente general del diario y me dio un bono en plata”.

La gloria de John Pérez se acabó el verano siguiente. Por reducción de personal fue despedido. Tenía sin embargo fuero por ser del comité paritario de los trabajadores, pero le dio su fuero a otro empleado. “Es una lata que uno sepa que te quieren echar pero que no puedan, eso no me gusta”. Así que John Pérez cedió nuevamente.

Luego probó sacando fotos en programas de televisión, a sugerencia de un amigo vendió levadura con su esposa a amasanderías con buenos resultados e instaló un minimarket en su casa. Pero todavía tenía una cartita bajo la manga: una foto que volvió a revolver el gallinero y con crueles consecuencias para él.

Johnny y la foto XL
Tras meses de cesantía, Johnny llegó a una revista de farándula donde trabajaban su hermana y su hermano, que además era el jefe de fotógrafos. Se supo por esos días que la animadora de televisión Margot Kahl estaba gorda. Se turnaban los fotógrafos para “emboscarla” por orden de la directora. Hasta que un día, estando John de guardia, pasan a buscar a Margot Kahl a su domicilio. En un radio taxi con vidrios polarizados la siguieron hasta una reparadora de vehículos donde Pérez sacó su teleobjetivo, y sin que ella se diera cuenta, le asestó varias clicks. La foto la rompió en los medios faranduleros, tanto, que al final todos usaron la imagen indiscriminadamente. La directora de la citada revista le exigió a John, que no tenía contrato, que cediera los derechos de la foto para poder demandar a los medios que la habían usado. “¿Pero y qué gano yo?”, “nada”, “entonces no puedo ceder los derechos”, “entonces tu hermana y hermano podrían tener problemas”, fue la amenaza de la mujer. Y John Pérez cedió nuevamente.

Pero aclara: “Uno no es paparazzi, a uno lo manda el editor. Me carga seguir a la gente así”.

Hoy el legendario Pérez, John Pérez, se dedica a los eventos y matrimonios. Qué tal un matri fotografiado por el autor del boloccazo.

Cómo fotografiar chicas bonitas con un celular

Publicado febrero 24, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Dora, la sobrina de Robert Clark, con su traje de graduación.

Dora, la sobrina de Robert Clark, con su traje de graduación.

El año 2004 el fotógrafo Robert Clark recibió un fascinante desafío nada de fácil: realizar un viaje de 50 días por Estados Unidos armado sólo con la cámara de un teléfono celular. El encargo era de la empresa Sony Ericsson, y el libro resultante, llamado Image America, fue, si no el primero, uno de los primeros publicados con imágenes capturadas íntegramente con celular.

Una tarea ardua en todo caso: Clark, que tiene más de una docena de portadas de la National Geographic, por nombrar sólo una publicación en la que colabora, debía mandar 25 fotos diarias para ser publicadas en la revista “American Photo”. Y para conseguirlo llevaba el modelo S710 A de 1,3 megapixeles capaz de fotografiar en color y blanco y negro.

El guiño estético era claro: The Americans, el proyecto fotográfico que el extraordinario Robert Frank realizó en la década del 50 y que aireó temas súper espinosos, vergonzosos digamos, de la pujante democracia estadounidense, a saber, el racismo.

Clark amablemente cedió a “Historia Íntima de una Fotografía” el derecho a publicar una imagen y concedió además una breve entrevista. A propósito de Robert Frank:

-Hiciste un viaje como el de Frank.
-Frank fue una suerte de inspiración. Pero estoy seguro de que él odiaría la idea de que su periplo inspiró un trabajo de propaganda.

-Estoy seguro de eso.
-Sin embargo, Sony no conocía la ruta que yo seguiría ni tenía control sobre la edición de las imágenes. Así que tenía más libertad de la que uno se pudiera imaginar.

-¿Qué aprendiste durante el viaje sobre Estados Unidos y sus gentes?
-Que a la gente le gusta ser fotografiada.

-¿En serio?
-Bueno, quizás lo que les gusta es que haya alguien dispuesto a escucharla. A la mayoría le gusta conocer nuevas personas. Y a todas las chiquillas les encanta que les saquen fotos.

-Como que dentro de Estados Unidos hubiera muchos países.
-Es una nación de inmigrantes.

-Unidos por la democracia y el comercio.
-En mi pueblo puedes pasar de comunidades católicas originarias de Rusia y Alemania a otras de Suecia 150 kilómetros más allá.

El caso es que Clark proviene de un pequeño pueblo llamado Hays situado en el estado de Kansas, en el corazón de Estados Unidos. Allí empezó a los 15 años a sacar fotos para el diario local donde aprendió mucho de un buen fotógrafo que allí laboraba. Luego estudió periodismo y diseño en la Universidad Estadual de Kansas y trabajó paralelamente en el diario estudiantil, “donde había un gran grupo de fotógrafos, lo que llevó a una competitividad positiva”.

En 1991 se fue a vivir a Nueva York, y desde aquí partió su frenético periplo el 2 de marzo del 2004 tras despedirse de su querida mujer y de sus 29 cámaras profesionales, y luego de intentar remirar las cosas durante un mes a través de su nueva máquina celular.

Aparte de Frank, Clark iba inspiradísimo pensando en películas como “Las Uvas de la Ira”, de John Ford, y en libros como “Viajes con Charlie”, de John Steinbeck, y “En el Camino”, de Jack Kerouac, según contó.

Durante 50 días Clark recorrió 25 estados de la nación con la urgencia de mandar 25 fotos diarias. Es una presión bastante pesada. Pero paradójicamente, con el paso de los días se dio cuenta de que la pobreza de la máquina que llevaba podía ser ventajosa. “Como fotógrafo tengo la posibilidad de usar muchas herramientas. Y el hecho aquí de tener una sola alternativa era un alivio. Sólo podía escoger entre color y blanco y negro. Entonces tenía que concentrarme en mirar de la forma en que primero me enamoré de la fotografía: mirar cosas simplemente interesantes, la luz, el color, la composición”.

En una guía de la National Geographic apareció una anécdota suya del viaje. En Misuri se puso a observar a la gente en un estacionamiento de Wal-Mart. De súbito y suavemente se vio conversando con un señor de bigotes crecidos como de un cruzamiento de la Biblia con el Far West, que dejó que lo fotografiara mientras hablaban de la desaparición por despoblamiento de las ciudades de la región, de la guerra de Irak y de que las cosas siempre cambian como si eso fuera su propio remedio.

Otra imagen: en Kansas volvió a fotografiar la iglesia carretera de su adolescencia que lo dejó 20 años con la sensación de que no le había achuntado en esa ocasión a la toma. Esta vez permaneció dos horas observándola desde todos los ángulos a ella y su cruz iluminada y con un sol poniente hasta que dijo eureka: situó el vehículo con los faroles apuntando a un trigal y con el miserabilísimo celular sacó una foto estupenda.

Y la foto que acompaña este artículo: es su sobrina Dora, linda la muchacha con su vestido de graduación en el pueblo de Randolph de sólo 850 habitantes ubicado cerca de Kansas City.

Y todo esto sacado con un celular de 1,5 megapixeles.

-¿Qué opinas del fenómeno de la fotografía con celular?
-La gente hace sus diarios de vida con ellos. Los venideros buenos fotógrafos se iniciarán seguramente usando el celular de la mamá.

Las imágenes de Image America pueden ser vistas en www.robertclark.com

Mauricio Quezada y su día de fuga

Publicado febrero 8, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

quezada

Hay que fijarse bien en la mirada torva de estos tres tipos que no miran derechamente a los ojos de la cámara, en los tajos que el río Mapocho de Santiago de Chile le infligió a esta imagen como jurando que su nerviosidad no será gobernada así simplemente. Y hay que pensar que esta fotografía es en sí misma un punto de fuga: la fuga de Mauricio Quezada.

El fotógrafo Quezada cuenta que cada día camino a la escuela de fotografía pasaba en autobús por un puente sobre el Mapocho. Y veía gente que vivía en esos márgenes duros del río, niños que se bañaban en las aguas cafés, bajas y correntosas, ganapanes que juntaban piedras para venderlas a la construcción, lanzas que buscaban refugio orillándolo luego de chorear alguna billetera o cadena de oro en la calle a alguna vieja, viejos vagos que lavaban su ropa. Y fue tanta la curiosidad y la fuerza visual de esas escenas que decidió espiar ese mundo.

Era 1997, Mauricio tenía que realizar su tesis para graduarse de fotógrafo y escogió ese tema: los orilleros del río Mapocho. Quezada, digámoslo, es un tipo más bien silencioso aunque extraordinariamente amable. Y se da la paradoja de que muchos de los fotógrafos que practican la street photo, es decir la foto callejera, son tímidos o callados. Pero al peinar las calles con la cámara, como que estos tipos salieran de su clóset psicológico para retratar todo eso que ojeaban con tanto silencio.

El caso es que nuestro Mauricio entró primero a lo que en Chile se conoce como una caleta, que es un grupo de niños de la calle que se juntan para sobrevivir como si fueran una familia. Hizo amistad con los niños y adolescentes de la caleta lentamente. Primero se aparecía sin cámara y hablando poquito, contando suavemente que era fotógrafo, hasta que un día desenvainó la cámara y empezó a fotografiar sus costumbres. Dedicó su tiempo también a los otros habitantes del Mapocho, los picapedreros, los vagabundos, los perros quiltros, y a las geometrías de la zona, una composición de un puente y el agua por ejemplo.

Picapedrero lo salvó
Llevaba 10 arduos meses trabajando en el proyecto hasta que llegó el día de fuga. Que fue como un día de furia para Mauricio. Había sido una jornada larga y pesada, había tomado muchas fotos. De súbito aparecieron tres jóvenes, el trío de mirada torva. Le pidieron con amenazas la cámara a Quezada. Quezada tiró la cámara hacia sí mismo y en el ademán apretó el botón sin querer queriendo como decía el Chavo del 8 y tomó la foto que usted está viendo. Los muchachos le arrebataron la cámara, al principio Mauricio quedó ¡plop! como decía Condorito. Fueron unos instantes de resignación, no más que eso, hasta que se le subió la ira a Quezada, pensó en todo el trabajo que contenía esa cámara, y en su valor por supuesto. Fue donde los tres tipos, los encaró, les echó la choriá como se dice en Chile, los garabateó, les arrancó la cámara de las manos y salió corriendo veloz. Huyó por la orilla del río mientras los tres tipos lo perseguían fieros, entonces se metió al río, se cayó, la cámara se hundió en el agua, se paró, siguió corriendo, los tipos seguían detrás, hasta que de pronto se topó justamente con un picapedrero que estaba con una inmensa picota quebrando piedras. El picapedrero supo con claridad qué estaba pasando, alzó la picota y amenazó con ferocidad a los tres ladrones que optaron por abandonar su asalto.

Tras dar las gracias, Mauricio corrió a revelar el rollo de fotos. Con sorpresa descubrió que muchos negativos había salido bien, salvo por unas marquitas. Al hacer las ampliaciones, se dio cuenta de que el río Mapocho había sido bastante benevolente: sólo dejó unos tajos como memoria.

Mauricio acaba de publicar un libro con las imágenes de su proyecto en la editorial Ediciones La Visita y actualmente trabaja en el diario Las Últimas Noticias.

El fotógrafo Hernández en la línea de un pistolero

Publicado febrero 1, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto. El muchacho acaba de ser herido en la pierna por un policía.

Marcelo Hernández perteneció a una generación exquisita de fotógrafos: unos pasaron por el diario La Época, otros por ese raro diario llamado El Metropolitano. Donde yo estuve al menos, en este último, recuerdo a ese grupo como gente que tenía el nervio del fotógrafo. Cuando tenían vacaciones por ejemplo, algunos pescaban su equipo y se iban a sacar fotos al Festival de Viña. Otros iban a fiestas religiosos. Así armaban proyectos para mostrárselos a las agencias internacionales.

Pues justamente ese viernes del año 1999 Marcelo había pedido permiso al editor de fotografía del diario La Tercera para hacer el turno temprano, en la tarde quería partir a la fiesta religiosa de Andacollo. “Entro a la 1.30 al diario, listo para irme, y veo varios fotógrafos durmiendo. El jefe me dice ándate urgente a esto, pero yo vengo de la mañana, le contesto, hay gente, no, tienes que ir”, recordó Hernández.

Se trataba de un asalto a una joyería. Enojado, partió en el móvil al paradero 21 de Gran Avenida, en Santiago. “Le digo al chofer vámonos hasta el paradero 25 de la Panamericana, y ahí nos devolvemos. En el 26 ó 27 hay una comisaría y preguntamos dónde queda la joyería”.

“Casi llegando a la comisaría veo que una niña corre desesperada. Tres pacos (carabineros de Chile) se acercan a ella y la escuchan. De repente veo que del lugar desde donde arrancaba la niña sale un tipo con un rehén. Me bajo rajado del auto y corro detrás del paco, que me grita ¡arranca que está armado! Igual sigo y me quedo como en una isla de pasto que hay al medio de la calle. Veo que se trata de un niño que está armado y que tiene al rehén. El niño tenía como 14 años, yo creo. Me escondo detrás del poste que hay en esta islita. Saco el lente gran angular que tenía la cámara y le pongo el (teleobjetivo) 80-200 (milímetros). Estaba tan malo el lente que no podías hacer foco bajo 5.6 de diafragma. Me asomo y veo al niño, tomo una foto, me grita ¡sapo culeado!, me apunta y me escondo. El niño sale del lugar arrastrando al rehén, ahí aparece un paco, quedé yo en la línea de tiro detrás del paco, ahí suena el disparo de otro paco que estaba a la izquierda que no se ve en la foto. Le dio al cabro chico en la pierna derecha, el cabro grita así ¡ahhhhhhh!, de dolor”.

“¡Me quieren pegar, me quieren pegar!”
“Después es como una película en cámara lenta. Aparecieron muchos pacos que me querían quitar el rollo de la cámara, justo aparecen los fotógrafos que habían ido al asalto en la joyería en el 21 de Gran Avenida. Grito ¡me quieren pegar, me quieren pegar!, y me zafo de los pacos. Me subo al auto. Y salimos rajados de vuelta al diario”.

“El periodismo se entera de lo que pasó; despachos en vivo y toda la parafernalia. Revelo el rollo, el jefe me pregunta ¿tienes la foto?, sí, le contesto. Luego él corta los negativos y me dice seco, sí, están buenas. Quedé ¡plop! Uno espera que le reconozcan el trabajo. Les pregunté si necesitaban algo más, que les contara lo que vi. Como me dijeron que no, partí rápido a Andacollo. Cuando iba por Los Vilos empezó a sonar el teléfono celular. Llamaban del diario. No pesqué. Chao no más. El sábado sale la foto en el diario. La única información era el informe de Carabineros. Yo les ofrecí contarles lo que vi. No tenían la visión de qué era importante”.

“El domingo me llama Max Montecinos (editor de foto del naciente Metropolitano) para que me fuera a ese proyecto. El lunes voy a La Tercera, la gente me saluda pero llego a foto y nadie me dice nada. El mismo jefe de antes me dice que había unas fotos fuera de foco y me ordena que vaya a hacer unas fotos sociales en la embajada de Japón. Yo renuncio, les digo. Un jefe del área periodística se me acerca y me da un discurso como de media hora, excelente foto, Marcelo, gran coraje. Le cuento lo del Metropolitano. Me pide que me quede en La Tercera, le digo que me doblen el sueldo, me contesta que no puede, pero que me ofrece… un día libre. Pero igual me fui en buena onda de La Tercera”.

Marcelo acaba de cumplir 40 años. Hace seis meses volvió a Chile después de nueve años trabajando para la agencia Associated Press en Montevideo. Aunque en rigor se movió por muchos lados: Angola, Venezuela, México, Brasil, Zimbabue, Sudáfrica, suma y sigue. Recién regresado, volvió a La Tercera, pero aguantó poco. Ahora tiene una agencia de fotos con un amigo.

Y su razón de volver a Chile: “mi hija quería tener una familia: primos, tíos, todo”.

Martin Parr es un caradura muy chistoso

Publicado diciembre 26, 2008 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

 

The Last Resort

Martin Parr tomó esta insolente foto llamada The Last Resort en 1985.

El fotógrafo Juan Diego Santa Cruz, autor del libro Chilean Beauty, acompañó a su colega inglés Martin Parr a la Vega Central en su visita a Chile en octubre pasado. Obvio que el desvergonzado Parr iba con su cámara. Santa Cruz quedó sorprendido mirando a Parr: “El tipo era un cara de raja. Llegaba y tomaba las fotos casi en la cara de la gente”.

Qué ganas de saber los resultados de esas imágenes. Pero por mientras, una cita del mismo Parr que esclarece un poco esa desvergüenza suya que le permite tomar fotos extraordinarias: “Fotografío gente sin sentirme culpable y ese es el secreto. La mayoría de los fotógrafos se siente culpable de aproximarse a la gente. Y si te sientes culpable la gente se pondrá tensa y nerviosa. Pero yo lo hago con mucha confianza. Y por supuesto que cuando lo hago evito tener problemas”.

 

Por ejemplo la foto The Last Resort –que acompaña este artículo y publicada en 1986 con el mismo nombre– es casi una insolencia. Aunque no sólo eso. Es además chistosa, y si se la sitúa en su contexto, también sintomática de lo que Parr ha buscado mostrar.

 

Pero vamos por parte. Parr partió fotografiando las costumbres isleñas tradicionales como el tecito de las viejas inglesas, la misa fome pero peculiar, la fijación de los ingleses con el tiempo meteorológico, la casita en la campiña, las carreras a la chilena pero a la irlandesa. Son fotos hechas a la manera parriana, es decir, fascinantes. Pero en 1982, tras dos años en Irlanda, regresa a Inglaterra. Mejor dicho se estrella de frente con ella. Y para un tipo que sabe cómo leer lo que tiene delante, fue una experiencia vital. Parr halla una Inglaterra enteramente tajeada por la economía ferozmente liberal de Margaret Thatcher. Como dice Sandra S. Phillips, una de sus curadoras, “a Parr uno de los cambios que más le llamó la atención fue el que afectó a la comida, que había pasado a producirse masivamente y venderse en supermercados”.

 

Vio gente comiendo no como si fuera una necesidad o un placer, sino como si el alimento fuera un volcán de ketchup y mayonesa; gente asoleándose en playas al lado de basura; señoras dueñas de casa reunidas en una tertulia de tupperware (moda que también se dio en Chile). Y se abocó a retratar esas escenas vulgares pero sin amargura, acusó la fealdad pero sin dar sermones. Y esa fue una de sus gracias. Parr fue como un Nicanor Parra de la fotografía, un antifotógrafo. No fue pionero, porque recogió la idea de los fotógrafos documentalistas estadounidenses que venían haciendo algo parecido. Pero fue clave.

 

Viejo mañoso

Una anécdota. En 1994 Parr es aceptado en la agencia de fotógrafos Magnum. Y el 95 asistió a una exposición suya Henri Cartier-Bresson, fundador de la susodicha agencia y una especie de fotógrafo “nerudiano”, heroico, que también gustaba de mostrar la calle, la gente. Era un documentalista social, como Parr. Al salir de la exposición, Henri conoce a Martin. Irritadísimo como viejo mañoso, lo mira fijamente y le dice: “Sólo tengo una cosa que decirle. Es de un planeta completamente diferente al mío”. Un cagatintas –como uno– presente le preguntó a Henri: “¿Eso quiere decir que no te gusta su trabajo?” Cartier-Breson echando humo replicó: “¡Yo nunca, nunca repito lo que digo!”. Y se fue.

 

Después Henri le mandó una carta conciliadora entre comillas, y la cosa se diluyó. Nada importaba, porque la choreza, los colores, la ironía, el humor de Parr son de otro planeta, por eso el tipo está en el Olimpo de los fotógrafos, por su implacable estética democrática.

 

Volviendo a la entrometida foto de este artículo, su humor es universal. Parr usó para ese libro la máquina Plaubel Makina de formato medio. Es ligera y con la espontaneidad de una Leica, pero con un negativo mayor. El flash con que tomó esta foto hace que la vendedora se vea suavemente iluminada y que los colores, de los helados por ejemplo, refuljan.

 

En los últimos años Parr se ha dedicado a fotografiar el turismo globalizado con resultados increíbles, y también se ha obsesionado con Corea del Norte, a donde ha viajado varias veces para retratar la vida bajo ese raro régimen político.

 

Un par de citas de Parr: “Gran Bretaña sigue unida bajo la bandera y un cielo gris, lo que me hace mucha gracia, incluso cuando brilla el sol. Todavía existe esa actitud de ganamos dos guerras mundiales y un mundial de fútbol, que me encanta explotar a través de la fotografía”. Es como ese otro dicho que dice que los ingleses pierden todas las batallas, menos las decisivas.

 

Parr, que colecciona postales –su estilo de fotos brillantes y colores saturados se inspira en ellas–, dijo una vez: “En los folletos de viajes todo parece bonito, pero la realidad es muy diferente. La mayor parte de las fotografías que nos rodean son una forma de mentira. Y creo que es importante que los fotógrafos luchemos contra eso y sirvamos como de antídoto. Yo entiendo las reglas del juego de la propaganda y las subvierto, las rompo a propósito”.

 


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