Archivo para diciembre 2008

Martin Parr es un caradura muy chistoso

diciembre 26, 2008

 

The Last Resort

Martin Parr tomó esta insolente foto llamada The Last Resort en 1985.

El fotógrafo Juan Diego Santa Cruz, autor del libro Chilean Beauty, acompañó a su colega inglés Martin Parr a la Vega Central en su visita a Chile en octubre pasado. Obvio que el desvergonzado Parr iba con su cámara. Santa Cruz quedó sorprendido mirando a Parr: “El tipo era un cara de raja. Llegaba y tomaba las fotos casi en la cara de la gente”.

Qué ganas de saber los resultados de esas imágenes. Pero por mientras, una cita del mismo Parr que esclarece un poco esa desvergüenza suya que le permite tomar fotos extraordinarias: “Fotografío gente sin sentirme culpable y ese es el secreto. La mayoría de los fotógrafos se siente culpable de aproximarse a la gente. Y si te sientes culpable la gente se pondrá tensa y nerviosa. Pero yo lo hago con mucha confianza. Y por supuesto que cuando lo hago evito tener problemas”.

 

Por ejemplo la foto The Last Resort –que acompaña este artículo y publicada en 1986 con el mismo nombre– es casi una insolencia. Aunque no sólo eso. Es además chistosa, y si se la sitúa en su contexto, también sintomática de lo que Parr ha buscado mostrar.

 

Pero vamos por parte. Parr partió fotografiando las costumbres isleñas tradicionales como el tecito de las viejas inglesas, la misa fome pero peculiar, la fijación de los ingleses con el tiempo meteorológico, la casita en la campiña, las carreras a la chilena pero a la irlandesa. Son fotos hechas a la manera parriana, es decir, fascinantes. Pero en 1982, tras dos años en Irlanda, regresa a Inglaterra. Mejor dicho se estrella de frente con ella. Y para un tipo que sabe cómo leer lo que tiene delante, fue una experiencia vital. Parr halla una Inglaterra enteramente tajeada por la economía ferozmente liberal de Margaret Thatcher. Como dice Sandra S. Phillips, una de sus curadoras, “a Parr uno de los cambios que más le llamó la atención fue el que afectó a la comida, que había pasado a producirse masivamente y venderse en supermercados”.

 

Vio gente comiendo no como si fuera una necesidad o un placer, sino como si el alimento fuera un volcán de ketchup y mayonesa; gente asoleándose en playas al lado de basura; señoras dueñas de casa reunidas en una tertulia de tupperware (moda que también se dio en Chile). Y se abocó a retratar esas escenas vulgares pero sin amargura, acusó la fealdad pero sin dar sermones. Y esa fue una de sus gracias. Parr fue como un Nicanor Parra de la fotografía, un antifotógrafo. No fue pionero, porque recogió la idea de los fotógrafos documentalistas estadounidenses que venían haciendo algo parecido. Pero fue clave.

 

Viejo mañoso

Una anécdota. En 1994 Parr es aceptado en la agencia de fotógrafos Magnum. Y el 95 asistió a una exposición suya Henri Cartier-Bresson, fundador de la susodicha agencia y una especie de fotógrafo “nerudiano”, heroico, que también gustaba de mostrar la calle, la gente. Era un documentalista social, como Parr. Al salir de la exposición, Henri conoce a Martin. Irritadísimo como viejo mañoso, lo mira fijamente y le dice: “Sólo tengo una cosa que decirle. Es de un planeta completamente diferente al mío”. Un cagatintas –como uno– presente le preguntó a Henri: “¿Eso quiere decir que no te gusta su trabajo?” Cartier-Breson echando humo replicó: “¡Yo nunca, nunca repito lo que digo!”. Y se fue.

 

Después Henri le mandó una carta conciliadora entre comillas, y la cosa se diluyó. Nada importaba, porque la choreza, los colores, la ironía, el humor de Parr son de otro planeta, por eso el tipo está en el Olimpo de los fotógrafos, por su implacable estética democrática.

 

Volviendo a la entrometida foto de este artículo, su humor es universal. Parr usó para ese libro la máquina Plaubel Makina de formato medio. Es ligera y con la espontaneidad de una Leica, pero con un negativo mayor. El flash con que tomó esta foto hace que la vendedora se vea suavemente iluminada y que los colores, de los helados por ejemplo, refuljan.

 

En los últimos años Parr se ha dedicado a fotografiar el turismo globalizado con resultados increíbles, y también se ha obsesionado con Corea del Norte, a donde ha viajado varias veces para retratar la vida bajo ese raro régimen político.

 

Un par de citas de Parr: “Gran Bretaña sigue unida bajo la bandera y un cielo gris, lo que me hace mucha gracia, incluso cuando brilla el sol. Todavía existe esa actitud de ganamos dos guerras mundiales y un mundial de fútbol, que me encanta explotar a través de la fotografía”. Es como ese otro dicho que dice que los ingleses pierden todas las batallas, menos las decisivas.

 

Parr, que colecciona postales –su estilo de fotos brillantes y colores saturados se inspira en ellas–, dijo una vez: “En los folletos de viajes todo parece bonito, pero la realidad es muy diferente. La mayor parte de las fotografías que nos rodean son una forma de mentira. Y creo que es importante que los fotógrafos luchemos contra eso y sirvamos como de antídoto. Yo entiendo las reglas del juego de la propaganda y las subvierto, las rompo a propósito”.

 

El talento ultra sofisticado de Gursky

diciembre 19, 2008

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El 7 de febrero del 2007 una foto enorme era subastada en la casa Sotheby’s. En rigor eran dos fotos: un díptico que medía 2,05 metros de ancho por 3,41 de alto. La imagen, llamada 99 cent II, Diptychon, retrataba uno de estos lugares que en Chile se llaman “todo a mil (pesos)”, pero que en este caso era todo a 99 centavos de dólar. Las fotos fueron tomadas por el alemán Andreas Gursky, probablemente en 1999, en Hollywood, California.

Ese 7 de febrero el mundo del arte quedó atónito luego de que la imagen se vendiera a 3,34 millones de dólares. Se convertía así en la foto más cara de la historia. Un récord, superado este año por una foto de Richard Prince.

El mercado del arte, sin embargo, ya había tomado un trago de la misma medicina. En noviembre de 2006 la misma foto de Gursky había sido vendida en otra subasta en Nueva York en 2,48 millones de dólares.

Sí, la misma imagen vendida dos veces. A diferencia de la pintura o la escultura, donde una obra es única, en fotografía una imagen es un original hasta en tiradas de 25 copias. En el caso de 99 cent II, existen seis copias. Sobra decir que Andreas Gursky ha ganado mucha, muchísima plata con esta foto. ¿Pero cómo es posible que una foto pueda llegar a costar tanto? ¿Qué lecciones sacar de la obra de Gursky? Sobre todo en un país como Chile, cuya población es, con seguridad, una de las que más toma fotos en el mundo proporcionalmente hablando.

Para calibrar a Gursky, hay que decir que gracias a él y otros tres o cuatro fotógrafos esta disciplina ha cambiado favorablemente en los últimos 25 años, en que hemos visto cómo la fotografía ha irrumpido como un río en museos, galerías y subastas valiosas. Hay consenso en que cuando los fotógrafos se olvidaron de sí mismos, cuando dejaron de justificar su oficio como un arte ante el mundo, comenzaron de verdad a hacer arte.

En el caso de Gursky, su estilo dio un giro importante en 1992, cuando empezó a manipular sus fotos en el computador; primero, quitando los elementos que ensuciaban la imagen; y luego, lisa y llanamente recreando la realidad. Se dice de él hoy que su estilo es el “realismo asistido”. En el caso de 99 Cent II, se trata “en realidad” de un negocio, pero él manipuló las imágenes: juntó el plano más cercano con el del fondo y acentuó los colores. Es como si en la tienda hubiera agarrado las estanterías del pasillo del fondo y las hubiera puesto casi encima de las más próximas.

¿Qué quiere decir con esto? En una subasta en Sotheby’s el texto de su presentación decía: “Sus fotografías escrutan el paisaje postcapitalista, buscando los significados que definen nuestra vida diaria”. Se dice que él retrata el fenómeno de la acumulación material del capitalismo.

Aunque echando un vistazo a su obra total es posible apreciar otra cosa. Su punto de vista es curioso: es como si el observador –uno mismo– fuera un cíclope que lo ve todo desde la lejanía, sin perderse, sin embargo, ni un detalle, ni el más minúsculo. Lo que se produce en gran medida gracias a sus enormes fotos, que han sido comparadas con las pinturas de paisajes del siglo XIX.

Orlando cuenta cómo tomó esta increíble imagen

diciembre 19, 2008
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Orlando Barría tomó esta increíble foto durante el paso del huracán Dean en República Dominicana.

El 18 de agosto del 2007 el fotógrafo chileno Orlando Barría cubría para la agencia EFE el atronador paso del huracán Dean por República Dominicana. Dean, categoría 5 en la escala de huracanes, o sea la máxima, entraría por el sur del país, donde se ubica la ciudad de Pedernales. Barría se trasladó tempranísimo hacia la zona. Pero al chocar con la isla, Dean se ablandó; entre comillas, porque del cielo el agua cayó a baldes, como se dice en el Caribe.

Barría, que trabajó en Chile en los diarios “La Época” y “El Metropolitano” antes de entrar a EFE, se dedicó la noche de ese 18 de agosto a recorrer los albergues repletos.

“Y al día siguiente por la tarde emprendí mi regreso a la capital, Santo Domingo, ubicada a cinco horas”, rememoró.

Como fotógrafo curtido, mantuvo el ojo aguileño durante el trayecto buscando esa foto, la inmortal, el documento periodístico para la posteridad. “Por la lluvia la visibilidad era casi nula, no veíamos a más de 10 metros de distancia. Cuando llevábamos una hora de marcha, veo unas figuras borrosas a través de la ventana de la camioneta y le digo al chofer que se haga a un lado del camino. Ahí logré identificar que eran dos niños desnudos parados en medio de la autopista, bajo la potente lluvia de Dean”.

“No lo pensé dos veces. Sabía que la imagen era increíble, pero que con sólo abrir la puerta me mojaría entero; peor aun, mojaría mi cámara hasta el último tornillo”.

“Puse el lente 70-200 milímetros, abrí la puerta, caminé unos metros y realicé unos ocho ó 10 disparos en total: las primeras fotos a los dos niños, y después sólo al niño menor, que estaba parado exactamente en el medio de la carretera”.

“Sabía que con eso bastaba. Corrí a la camioneta completamente empapado. Quité la batería. Sequé todo mi equipo lo más rápido posible. He cubierto varios huracanes y sé que el agua no perdona”.

Varias horas después Orlando prendió la cámara y vio las fotos. Las envió al tiro a la agencia y a recorrer el mundo, pues la imagen fue ampliamente difundida para retratar al fiero Dean: fue publicada en Alemania, España, Emiratos Árabes Unidos, Bélgica, México, Gran Bretaña, etcétera.

Ese 2007, y uno tras otro, Dean y las tormentas tropicales Noel y Olga dejaron 126 muertos y más de 150 mil damnificados sólo en República Dominicana.

Barría, quien vive hace seis años en ese país y cubre sucesos periodísticos por el Caribe, ganó con esta foto del niño desolado el primer lugar en la categoría Internacional del Salón de Fotografía de Prensa en Chile, en su versión 2008.

La foto acaba de ganar otro galardón, anunciado el 19 de diciembre de 2008. Fue el Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña en la categoría “El cambio climático y sus efectos sobre la salud humana”, concurso que convoca la organización Médicos del Mundo.