Archivo para febrero 2009

Cómo fotografiar chicas bonitas con un celular

febrero 24, 2009
Dora, la sobrina de Robert Clark, con su traje de graduación.

Dora, la sobrina de Robert Clark, con su traje de graduación.

El año 2004 el fotógrafo Robert Clark recibió un fascinante desafío nada de fácil: realizar un viaje de 50 días por Estados Unidos armado sólo con la cámara de un teléfono celular. El encargo era de la empresa Sony Ericsson, y el libro resultante, llamado Image America, fue, si no el primero, uno de los primeros publicados con imágenes capturadas íntegramente con celular.

Una tarea ardua en todo caso: Clark, que tiene más de una docena de portadas de la National Geographic, por nombrar sólo una publicación en la que colabora, debía mandar 25 fotos diarias para ser publicadas en la revista “American Photo”. Y para conseguirlo llevaba el modelo S710 A de 1,3 megapixeles capaz de fotografiar en color y blanco y negro.

El guiño estético era claro: The Americans, el proyecto fotográfico que el extraordinario Robert Frank realizó en la década del 50 y que aireó temas súper espinosos, vergonzosos digamos, de la pujante democracia estadounidense, a saber, el racismo.

Clark amablemente cedió a “Historia Íntima de una Fotografía” el derecho a publicar una imagen y concedió además una breve entrevista. A propósito de Robert Frank:

-Hiciste un viaje como el de Frank.
-Frank fue una suerte de inspiración. Pero estoy seguro de que él odiaría la idea de que su periplo inspiró un trabajo de propaganda.

-Estoy seguro de eso.
-Sin embargo, Sony no conocía la ruta que yo seguiría ni tenía control sobre la edición de las imágenes. Así que tenía más libertad de la que uno se pudiera imaginar.

-¿Qué aprendiste durante el viaje sobre Estados Unidos y sus gentes?
-Que a la gente le gusta ser fotografiada.

-¿En serio?
-Bueno, quizás lo que les gusta es que haya alguien dispuesto a escucharla. A la mayoría le gusta conocer nuevas personas. Y a todas las chiquillas les encanta que les saquen fotos.

-Como que dentro de Estados Unidos hubiera muchos países.
-Es una nación de inmigrantes.

-Unidos por la democracia y el comercio.
-En mi pueblo puedes pasar de comunidades católicas originarias de Rusia y Alemania a otras de Suecia 150 kilómetros más allá.

El caso es que Clark proviene de un pequeño pueblo llamado Hays situado en el estado de Kansas, en el corazón de Estados Unidos. Allí empezó a los 15 años a sacar fotos para el diario local donde aprendió mucho de un buen fotógrafo que allí laboraba. Luego estudió periodismo y diseño en la Universidad Estadual de Kansas y trabajó paralelamente en el diario estudiantil, “donde había un gran grupo de fotógrafos, lo que llevó a una competitividad positiva”.

En 1991 se fue a vivir a Nueva York, y desde aquí partió su frenético periplo el 2 de marzo del 2004 tras despedirse de su querida mujer y de sus 29 cámaras profesionales, y luego de intentar remirar las cosas durante un mes a través de su nueva máquina celular.

Aparte de Frank, Clark iba inspiradísimo pensando en películas como “Las Uvas de la Ira”, de John Ford, y en libros como “Viajes con Charlie”, de John Steinbeck, y “En el Camino”, de Jack Kerouac, según contó.

Durante 50 días Clark recorrió 25 estados de la nación con la urgencia de mandar 25 fotos diarias. Es una presión bastante pesada. Pero paradójicamente, con el paso de los días se dio cuenta de que la pobreza de la máquina que llevaba podía ser ventajosa. “Como fotógrafo tengo la posibilidad de usar muchas herramientas. Y el hecho aquí de tener una sola alternativa era un alivio. Sólo podía escoger entre color y blanco y negro. Entonces tenía que concentrarme en mirar de la forma en que primero me enamoré de la fotografía: mirar cosas simplemente interesantes, la luz, el color, la composición”.

En una guía de la National Geographic apareció una anécdota suya del viaje. En Misuri se puso a observar a la gente en un estacionamiento de Wal-Mart. De súbito y suavemente se vio conversando con un señor de bigotes crecidos como de un cruzamiento de la Biblia con el Far West, que dejó que lo fotografiara mientras hablaban de la desaparición por despoblamiento de las ciudades de la región, de la guerra de Irak y de que las cosas siempre cambian como si eso fuera su propio remedio.

Otra imagen: en Kansas volvió a fotografiar la iglesia carretera de su adolescencia que lo dejó 20 años con la sensación de que no le había achuntado en esa ocasión a la toma. Esta vez permaneció dos horas observándola desde todos los ángulos a ella y su cruz iluminada y con un sol poniente hasta que dijo eureka: situó el vehículo con los faroles apuntando a un trigal y con el miserabilísimo celular sacó una foto estupenda.

Y la foto que acompaña este artículo: es su sobrina Dora, linda la muchacha con su vestido de graduación en el pueblo de Randolph de sólo 850 habitantes ubicado cerca de Kansas City.

Y todo esto sacado con un celular de 1,5 megapixeles.

-¿Qué opinas del fenómeno de la fotografía con celular?
-La gente hace sus diarios de vida con ellos. Los venideros buenos fotógrafos se iniciarán seguramente usando el celular de la mamá.

Las imágenes de Image America pueden ser vistas en http://www.robertclark.com

Mauricio Quezada y su día de fuga

febrero 8, 2009

quezada

Hay que fijarse bien en la mirada torva de estos tres tipos que no miran derechamente a los ojos de la cámara, en los tajos que el río Mapocho de Santiago de Chile le infligió a esta imagen como jurando que su nerviosidad no será gobernada así simplemente. Y hay que pensar que esta fotografía es en sí misma un punto de fuga: la fuga de Mauricio Quezada.

El fotógrafo Quezada cuenta que cada día camino a la escuela de fotografía pasaba en autobús por un puente sobre el Mapocho. Y veía gente que vivía en esos márgenes duros del río, niños que se bañaban en las aguas cafés, bajas y correntosas, ganapanes que juntaban piedras para venderlas a la construcción, lanzas que buscaban refugio orillándolo luego de chorear alguna billetera o cadena de oro en la calle a alguna vieja, viejos vagos que lavaban su ropa. Y fue tanta la curiosidad y la fuerza visual de esas escenas que decidió espiar ese mundo.

Era 1997, Mauricio tenía que realizar su tesis para graduarse de fotógrafo y escogió ese tema: los orilleros del río Mapocho. Quezada, digámoslo, es un tipo más bien silencioso aunque extraordinariamente amable. Y se da la paradoja de que muchos de los fotógrafos que practican la street photo, es decir la foto callejera, son tímidos o callados. Pero al peinar las calles con la cámara, como que estos tipos salieran de su clóset psicológico para retratar todo eso que ojeaban con tanto silencio.

El caso es que nuestro Mauricio entró primero a lo que en Chile se conoce como una caleta, que es un grupo de niños de la calle que se juntan para sobrevivir como si fueran una familia. Hizo amistad con los niños y adolescentes de la caleta lentamente. Primero se aparecía sin cámara y hablando poquito, contando suavemente que era fotógrafo, hasta que un día desenvainó la cámara y empezó a fotografiar sus costumbres. Dedicó su tiempo también a los otros habitantes del Mapocho, los picapedreros, los vagabundos, los perros quiltros, y a las geometrías de la zona, una composición de un puente y el agua por ejemplo.

Picapedrero lo salvó
Llevaba 10 arduos meses trabajando en el proyecto hasta que llegó el día de fuga. Que fue como un día de furia para Mauricio. Había sido una jornada larga y pesada, había tomado muchas fotos. De súbito aparecieron tres jóvenes, el trío de mirada torva. Le pidieron con amenazas la cámara a Quezada. Quezada tiró la cámara hacia sí mismo y en el ademán apretó el botón sin querer queriendo como decía el Chavo del 8 y tomó la foto que usted está viendo. Los muchachos le arrebataron la cámara, al principio Mauricio quedó ¡plop! como decía Condorito. Fueron unos instantes de resignación, no más que eso, hasta que se le subió la ira a Quezada, pensó en todo el trabajo que contenía esa cámara, y en su valor por supuesto. Fue donde los tres tipos, los encaró, les echó la choriá como se dice en Chile, los garabateó, les arrancó la cámara de las manos y salió corriendo veloz. Huyó por la orilla del río mientras los tres tipos lo perseguían fieros, entonces se metió al río, se cayó, la cámara se hundió en el agua, se paró, siguió corriendo, los tipos seguían detrás, hasta que de pronto se topó justamente con un picapedrero que estaba con una inmensa picota quebrando piedras. El picapedrero supo con claridad qué estaba pasando, alzó la picota y amenazó con ferocidad a los tres ladrones que optaron por abandonar su asalto.

Tras dar las gracias, Mauricio corrió a revelar el rollo de fotos. Con sorpresa descubrió que muchos negativos había salido bien, salvo por unas marquitas. Al hacer las ampliaciones, se dio cuenta de que el río Mapocho había sido bastante benevolente: sólo dejó unos tajos como memoria.

Mauricio acaba de publicar un libro con las imágenes de su proyecto en la editorial Ediciones La Visita y actualmente trabaja en el diario Las Últimas Noticias.

El fotógrafo Hernández en la línea de un pistolero

febrero 1, 2009

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto. El muchacho acaba de ser herido en la pierna por un policía.

Marcelo Hernández perteneció a una generación exquisita de fotógrafos: unos pasaron por el diario La Época, otros por ese raro diario llamado El Metropolitano. Donde yo estuve al menos, en este último, recuerdo a ese grupo como gente que tenía el nervio del fotógrafo. Cuando tenían vacaciones por ejemplo, algunos pescaban su equipo y se iban a sacar fotos al Festival de Viña. Otros iban a fiestas religiosos. Así armaban proyectos para mostrárselos a las agencias internacionales.

Pues justamente ese viernes del año 1999 Marcelo había pedido permiso al editor de fotografía del diario La Tercera para hacer el turno temprano, en la tarde quería partir a la fiesta religiosa de Andacollo. “Entro a la 1.30 al diario, listo para irme, y veo varios fotógrafos durmiendo. El jefe me dice ándate urgente a esto, pero yo vengo de la mañana, le contesto, hay gente, no, tienes que ir”, recordó Hernández.

Se trataba de un asalto a una joyería. Enojado, partió en el móvil al paradero 21 de Gran Avenida, en Santiago. “Le digo al chofer vámonos hasta el paradero 25 de la Panamericana, y ahí nos devolvemos. En el 26 ó 27 hay una comisaría y preguntamos dónde queda la joyería”.

“Casi llegando a la comisaría veo que una niña corre desesperada. Tres pacos (carabineros de Chile) se acercan a ella y la escuchan. De repente veo que del lugar desde donde arrancaba la niña sale un tipo con un rehén. Me bajo rajado del auto y corro detrás del paco, que me grita ¡arranca que está armado! Igual sigo y me quedo como en una isla de pasto que hay al medio de la calle. Veo que se trata de un niño que está armado y que tiene al rehén. El niño tenía como 14 años, yo creo. Me escondo detrás del poste que hay en esta islita. Saco el lente gran angular que tenía la cámara y le pongo el (teleobjetivo) 80-200 (milímetros). Estaba tan malo el lente que no podías hacer foco bajo 5.6 de diafragma. Me asomo y veo al niño, tomo una foto, me grita ¡sapo culeado!, me apunta y me escondo. El niño sale del lugar arrastrando al rehén, ahí aparece un paco, quedé yo en la línea de tiro detrás del paco, ahí suena el disparo de otro paco que estaba a la izquierda que no se ve en la foto. Le dio al cabro chico en la pierna derecha, el cabro grita así ¡ahhhhhhh!, de dolor”.

“¡Me quieren pegar, me quieren pegar!”
“Después es como una película en cámara lenta. Aparecieron muchos pacos que me querían quitar el rollo de la cámara, justo aparecen los fotógrafos que habían ido al asalto en la joyería en el 21 de Gran Avenida. Grito ¡me quieren pegar, me quieren pegar!, y me zafo de los pacos. Me subo al auto. Y salimos rajados de vuelta al diario”.

“El periodismo se entera de lo que pasó; despachos en vivo y toda la parafernalia. Revelo el rollo, el jefe me pregunta ¿tienes la foto?, sí, le contesto. Luego él corta los negativos y me dice seco, sí, están buenas. Quedé ¡plop! Uno espera que le reconozcan el trabajo. Les pregunté si necesitaban algo más, que les contara lo que vi. Como me dijeron que no, partí rápido a Andacollo. Cuando iba por Los Vilos empezó a sonar el teléfono celular. Llamaban del diario. No pesqué. Chao no más. El sábado sale la foto en el diario. La única información era el informe de Carabineros. Yo les ofrecí contarles lo que vi. No tenían la visión de qué era importante”.

“El domingo me llama Max Montecinos (editor de foto del naciente Metropolitano) para que me fuera a ese proyecto. El lunes voy a La Tercera, la gente me saluda pero llego a foto y nadie me dice nada. El mismo jefe de antes me dice que había unas fotos fuera de foco y me ordena que vaya a hacer unas fotos sociales en la embajada de Japón. Yo renuncio, les digo. Un jefe del área periodística se me acerca y me da un discurso como de media hora, excelente foto, Marcelo, gran coraje. Le cuento lo del Metropolitano. Me pide que me quede en La Tercera, le digo que me doblen el sueldo, me contesta que no puede, pero que me ofrece… un día libre. Pero igual me fui en buena onda de La Tercera”.

Marcelo acaba de cumplir 40 años. Hace seis meses volvió a Chile después de nueve años trabajando para la agencia Associated Press en Montevideo. Aunque en rigor se movió por muchos lados: Angola, Venezuela, México, Brasil, Zimbabue, Sudáfrica, suma y sigue. Recién regresado, volvió a La Tercera, pero aguantó poco. Ahora tiene una agencia de fotos con un amigo.

Y su razón de volver a Chile: “mi hija quería tener una familia: primos, tíos, todo”.