Archivo para febrero 2010

La última foto vivo de ese hombre llamado Ernesto Guevara

febrero 22, 2010

A propósito de “Chilenas”, el libro de Claudio Bertoni reseñado antes en este blog, convienen los dichos del Che Guevara sobre las chilenas. En su paso en moto por la ciudad de Los Ángeles alojó con su amigo en el cuartel de bomberos cuyo jefe tenía tres hijas que se comportaron muy resueltas esa noche con los dos argentinos. Guevara dijo de ellas que eran “exponentes de la gracia de la mujer chilena que, sea linda o fea, tiene una cierta espontaneidad, una frescura que cautiva inmediatamente”.

La foto que encabeza esta crónica fue tomada 15 años después de ese paso por Chile y enuncia el último día de vida del Che Guevara.

Estaba también la posibilidad de historiar la foto de Korda, pero sale hasta en la sopa y se ha dicho tanto de ella. La foto que tomó Korda es simbólicamente la imagen de la resurrección de un hombre, que fue lo que efectivamente ocurrió con la foto de Korda que demoró varios años en valorarse no sin antes estrechar su encuadre para que saliera sólo el Che y no otra gente alrededor –ocurrió lo mismo con esa foto de Pinochet donde aparece con lentes negros y cara de huaso terco-, y luego de que la propia Habana lo rehabilitara tras dejar en hibernación por años la epopeya de ese hombre extraordinario. Claro que el Che resucitó para convertirse en modelo de los niños de Cuba y también, por coyuntura, para ser devorado y regurgitado por la cultura pop, que lo banaliza restándole complejidad al personaje.

Por eso es interesante desenterrar esta otra foto del Che. Porque es una foto mágica, si se me perdona la expresión. En esta foto el Che está listo para cumplir su destino: morir. Si el Che no hubiese muerto, si hubiese vuelto a La Habana con un segundo fracaso a cuestas después del Congo, la simbólica trinidad revolucionaria no habría contado con su mártir. El Che debía morir y él lo sabía. Sin su “sacrificio”, Fidel –un tipo también extraordinario que traía marcado en la frente su destino al nacer: ser rey- y Raúl –esa suerte de espíritu santo que siempre estuvo ahí envolviéndolo todo y que ahora gobierna ese pueblo fantástico-, sin ese sacrificio, como decía, la revolución habría sido otra herejía política más buscando su acomodo. El Che Guevara fue probablemente el hombre más fiel a sí mismo del siglo XX, más inmensamente justo y no por eso menos cruel, un tipo desconcertantemente austero, lealísimo a su mujer, y que anunció noblemente su fe en el hombre nuevo; y fue también un hombre que pecó de una ingenuidad feroz, de un desconocimiento de la naturaleza humana que abisma, que creyó ilusamente que su voluntad era un océano de voluntades. En suma, el Che Guevara es un hombre extraordinario.

Una foto con la Pentax

Como decíamos, en la foto aparece el Che Guevara el día de su muerte. El tipo que está al lado se llama Félix Rodríguez, sobrino de un ministro de Fulgencio Batista, el dictador rasca de Cuba hasta que a él y a todos los suyos los barrieron de la isla las columnas de Fidel el 1 de enero de 1959.

Ese día de la fuga de Cuba en masa principalmente hacia Miami, Félix Rodríguez juró que su meta en la vida sería exterminar al Che Guevara.

El 9 de octubre de 1967, un día después de la captura del Che en Bolivia, aterrizó en el poblado de Vallegrande un helicóptero militar que transportó a un coronel boliviano y al “capitán Ramos”, la chapa del agente de la CIA Félix Rodríguez.

El Che Guevara estaba arruinado físicamente por la infernal e infructuosa marcha por Bolivia donde tristemente ni un campesino andino se sumó a la revolución. Rodríguez lo encontró en el suelo amarrado y sangrante por un balazo en la pantorrilla entre sus múltiples heridas. El agente de la CIA estaba absorto contemplando a su archi enemigo. Sostuvieron dos diálogos. En el primero el Che le dijo tú no eres boliviano, “no, soy cubano de nacimiento y miembro de la anticastrista brigada 2506 de la CIA”, ¡ja!, descargó el Che.

Luego llegó la orden desde La Paz de eliminar al Che, según cuenta Jon Lee Anderson en su biografía sobre el Che. Rodríguez no quería que lo mataran, quería llevárselo a Panamá para interrogarlo. Había helicópteros estadounidenses esperando, pero no se pudo comunicar con la agencia para recibir órdenes. Rodríguez pensó que la vida del Che estaba en sus manos, pero temió cometer un error histórico con el secuestro que impediría por el momento y quizás por cuanto tiempo deshacerse de él. Entonces Rodríguez ponció sus manos en la fuente de Pilatos y escribió más tarde en sus memorias: “La decisión era mía. Y mi decisión fue dejarlo en manos de los bolivianos”.

La segunda conversación la gatilló un disparo que escuchó Rodríguez. Pensó que habían matado al Che, pero no, la bala ultimó a otro guerrillero que habría intentado huir. Rodríguez levantó al Che Guevara, lo sacó al aire libre y le pidió a un tipo que le tomara una foto junto al Che Guevara. Con la cámara Pentax del propio Rodríguez. Esa es la única fotografía del Che vivo el día que murió. Luego conversaron dentro de la escuela donde arrestaron al Che. Le dijo al Che que lo “lamentaba”, que había hecho lo imposible por impedir su ejecución. Según Rodríguez, el Che contestó: “Mejor así. No debí permitir que me tomaran con vida”. Comandante, ¿quiere enviarle un mensaje a su familia?, “dígale a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y dígale a mi esposa que vuelva a casarse y trate de ser feliz”.

En ese momento, cuenta Rodríguez a Jon Lee Anderson, abrazó al Che: “Fue un momento de tremenda emoción para mí. Ya no lo odiaba. Le había llegado el momento de la verdad y se portaba como un hombre. Enfrentaba la muerte con coraje y dignidad”.

A la 1:10 de la tarde del 9 de octubre de 1967 el soldado Mario Terán mató al Che Guevara. Tenía 39 años. Se dice que a todos los que rodearon la muerte del Che les cayó una maldición. Terán se convirtió en un personaje patético. Rodríguez por su parte tuvo, como buen agente de la CIA, una vida turbia. Él dice que ese día en Vallegrande le comenzó una nueva enfermedad: asma, la misma que padecía el que había dado su último suspiro. En la casa de Rodríguez en Miami hay muchos recuerdos de su vida contrainsurgente. Su foto con el Che Guevara ocupa el sitial principal.

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Claudio Bertoni y sus cochinadas sobre las chilenas

febrero 7, 2010


Pese a su alta perecibilidad, hay excepciones dentro del mundo de los diarios. Recuerdo un par de artículos como lo mejor que he visto escrito jamás en los diarios, siendo un cagatintas que ha trabajado toda su vida en diarios. Artículos que cometí el error de arrugar por cierto, aunque recuerdo qué temas trataban, y no olvido tampoco que en ambos el protagonista era Claudio Bertoni, fotógrafo y escritor y músico. En uno él era el entrevistado y el título decía “Los verdaderos superhombres son los hombres comunes y corrientes”, y hablaba de que los super héroes de hoy son mayoría: mujeres y hombres que tienen que llegar a fin de mes con un sueldo pagando las cuentas. El otro artículo inolvidable fue escrito por el propio Bertoni y trataba sobre el monje Thomas Merton –traductor del maravilloso Chuang Tzu-, a quien interrogaba ficticiamente sobre cómo se mejora uno del condenado placer.

En su libro de fotografías con poemas llamado “Chilenas”, Bertoni dice “Ernesto Cardenal está en Santiago/ lo entrevistaron/ en la Radio Cooperativa/ a las 9 de la mañana/ yo le habría preguntado/ cuándo dejó de amar a las mujeres/ y empezó a amar a Dios/ y sobre todo le habría preguntado/ ¿¡Cómo!?”

La mezcla de fotografías y textos breves, sintéticos, en este caso poéticos, más nutridos por cierto que una lectura de fotos, resulta muy atractiva. Brevedad y profundidad que cicatrizan super bien estos tiempos tan rotos.

Bertoni es un tipo que lleva décadas sacando fotos, y pese a no saber mucho de técnica fotográfica, según ha contado, se ganó una beca para crear alguna cuestión con su cámara. La blande a la altura de su cintura para que no lo pillen y va disparando, en el caso de “Chilenas”, por las calles de Santiago y Valparaíso y sus alrededores. Hay algunas fotos del libro que son fomes, hay muchas que son deliciosas por su erotismo, hay unas cuantas que son como de profanador de cuna, pero vistas en seguidilla, industriosamente, única forma de apreciar la calidad de un fotógrafo, resultan un fresco de la mujer chilena (él ha dicho que le encantan las chilenas, pero que si hubiera nacido en Vietnam le fascinarían las vietnamitas).

“Cara de santa/ culo de puta:/ the Best”. Ese es el tipo de verso caliente que escribe Bertoni junto a las fotos de mujeres entre las que hay de todo, feas y bonitas, pero quedando la sensación de que todas son unos diamantes chilenos. Parafraseando el título de quiénes son los verdaderos súper héroes de hoy, las mujeres de “Chilenas” son todas heroínas fabulosas y silvestres. Y negando tres veces al monje Merton, en todas brota inconscientemente el erotismo y el placer. Incluso Bertoni alcanza, según mi modesta opinión, a rozar las caricaturas de la fisonomía de las chilenas (hay rostros en la calle que uno apostaría un brazo que es de un mexicano, peruano o argentino).

Al ir husmeando chilenas, Bertoni no niega tampoco su degradación, lo que resulta, aparte de sincero obviamente, muy simpático: “Una ayudita por favor/ una tetita/ una zorrita un culito/ una corridita de mano/ lo que sea/ una ayudita por el amor de dios”. El placer como compulsión, como un drogadicto con “bajón de hambre”.

Se nota en las ropas y carteles y autos que las fotos fueron sacadas durante años con su máquina Nikon FE de 35 mm. La imagen que ilustra este texto -imagen que en su artículo sobre “Chilenas” el diario “la Nación” cortó con impunidad, menoscabándola- es un misterio: dónde estaba parado Bertoni, cómo es el juego de espejos que sostiene su punto de vista, ¿ella lo está mirando a él?