Mauricio Quezada y su día de fuga

Publicado febrero 8, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

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Hay que fijarse bien en la mirada torva de estos tres tipos que no miran derechamente a los ojos de la cámara, en los tajos que el río Mapocho de Santiago de Chile le infligió a esta imagen como jurando que su nerviosidad no será gobernada así simplemente. Y hay que pensar que esta fotografía es en sí misma un punto de fuga: la fuga de Mauricio Quezada.

El fotógrafo Quezada cuenta que cada día camino a la escuela de fotografía pasaba en autobús por un puente sobre el Mapocho. Y veía gente que vivía en esos márgenes duros del río, niños que se bañaban en las aguas cafés, bajas y correntosas, ganapanes que juntaban piedras para venderlas a la construcción, lanzas que buscaban refugio orillándolo luego de chorear alguna billetera o cadena de oro en la calle a alguna vieja, viejos vagos que lavaban su ropa. Y fue tanta la curiosidad y la fuerza visual de esas escenas que decidió espiar ese mundo.

Era 1997, Mauricio tenía que realizar su tesis para graduarse de fotógrafo y escogió ese tema: los orilleros del río Mapocho. Quezada, digámoslo, es un tipo más bien silencioso aunque extraordinariamente amable. Y se da la paradoja de que muchos de los fotógrafos que practican la street photo, es decir la foto callejera, son tímidos o callados. Pero al peinar las calles con la cámara, como que estos tipos salieran de su clóset psicológico para retratar todo eso que ojeaban con tanto silencio.

El caso es que nuestro Mauricio entró primero a lo que en Chile se conoce como una caleta, que es un grupo de niños de la calle que se juntan para sobrevivir como si fueran una familia. Hizo amistad con los niños y adolescentes de la caleta lentamente. Primero se aparecía sin cámara y hablando poquito, contando suavemente que era fotógrafo, hasta que un día desenvainó la cámara y empezó a fotografiar sus costumbres. Dedicó su tiempo también a los otros habitantes del Mapocho, los picapedreros, los vagabundos, los perros quiltros, y a las geometrías de la zona, una composición de un puente y el agua por ejemplo.

Picapedrero lo salvó
Llevaba 10 arduos meses trabajando en el proyecto hasta que llegó el día de fuga. Que fue como un día de furia para Mauricio. Había sido una jornada larga y pesada, había tomado muchas fotos. De súbito aparecieron tres jóvenes, el trío de mirada torva. Le pidieron con amenazas la cámara a Quezada. Quezada tiró la cámara hacia sí mismo y en el ademán apretó el botón sin querer queriendo como decía el Chavo del 8 y tomó la foto que usted está viendo. Los muchachos le arrebataron la cámara, al principio Mauricio quedó ¡plop! como decía Condorito. Fueron unos instantes de resignación, no más que eso, hasta que se le subió la ira a Quezada, pensó en todo el trabajo que contenía esa cámara, y en su valor por supuesto. Fue donde los tres tipos, los encaró, les echó la choriá como se dice en Chile, los garabateó, les arrancó la cámara de las manos y salió corriendo veloz. Huyó por la orilla del río mientras los tres tipos lo perseguían fieros, entonces se metió al río, se cayó, la cámara se hundió en el agua, se paró, siguió corriendo, los tipos seguían detrás, hasta que de pronto se topó justamente con un picapedrero que estaba con una inmensa picota quebrando piedras. El picapedrero supo con claridad qué estaba pasando, alzó la picota y amenazó con ferocidad a los tres ladrones que optaron por abandonar su asalto.

Tras dar las gracias, Mauricio corrió a revelar el rollo de fotos. Con sorpresa descubrió que muchos negativos había salido bien, salvo por unas marquitas. Al hacer las ampliaciones, se dio cuenta de que el río Mapocho había sido bastante benevolente: sólo dejó unos tajos como memoria.

Mauricio acaba de publicar un libro con las imágenes de su proyecto en la editorial Ediciones La Visita y actualmente trabaja en el diario Las Últimas Noticias.

El fotógrafo Hernández en la línea de un pistolero

Publicado febrero 1, 2009 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Esta fue la primera escena que capturó Hernández.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto.

Hernández arriesgó el pellejo para tomar esta foto. El muchacho acaba de ser herido en la pierna por un policía.

Marcelo Hernández perteneció a una generación exquisita de fotógrafos: unos pasaron por el diario La Época, otros por ese raro diario llamado El Metropolitano. Donde yo estuve al menos, en este último, recuerdo a ese grupo como gente que tenía el nervio del fotógrafo. Cuando tenían vacaciones por ejemplo, algunos pescaban su equipo y se iban a sacar fotos al Festival de Viña. Otros iban a fiestas religiosos. Así armaban proyectos para mostrárselos a las agencias internacionales.

Pues justamente ese viernes del año 1999 Marcelo había pedido permiso al editor de fotografía del diario La Tercera para hacer el turno temprano, en la tarde quería partir a la fiesta religiosa de Andacollo. “Entro a la 1.30 al diario, listo para irme, y veo varios fotógrafos durmiendo. El jefe me dice ándate urgente a esto, pero yo vengo de la mañana, le contesto, hay gente, no, tienes que ir”, recordó Hernández.

Se trataba de un asalto a una joyería. Enojado, partió en el móvil al paradero 21 de Gran Avenida, en Santiago. “Le digo al chofer vámonos hasta el paradero 25 de la Panamericana, y ahí nos devolvemos. En el 26 ó 27 hay una comisaría y preguntamos dónde queda la joyería”.

“Casi llegando a la comisaría veo que una niña corre desesperada. Tres pacos (carabineros de Chile) se acercan a ella y la escuchan. De repente veo que del lugar desde donde arrancaba la niña sale un tipo con un rehén. Me bajo rajado del auto y corro detrás del paco, que me grita ¡arranca que está armado! Igual sigo y me quedo como en una isla de pasto que hay al medio de la calle. Veo que se trata de un niño que está armado y que tiene al rehén. El niño tenía como 14 años, yo creo. Me escondo detrás del poste que hay en esta islita. Saco el lente gran angular que tenía la cámara y le pongo el (teleobjetivo) 80-200 (milímetros). Estaba tan malo el lente que no podías hacer foco bajo 5.6 de diafragma. Me asomo y veo al niño, tomo una foto, me grita ¡sapo culeado!, me apunta y me escondo. El niño sale del lugar arrastrando al rehén, ahí aparece un paco, quedé yo en la línea de tiro detrás del paco, ahí suena el disparo de otro paco que estaba a la izquierda que no se ve en la foto. Le dio al cabro chico en la pierna derecha, el cabro grita así ¡ahhhhhhh!, de dolor”.

“¡Me quieren pegar, me quieren pegar!”
“Después es como una película en cámara lenta. Aparecieron muchos pacos que me querían quitar el rollo de la cámara, justo aparecen los fotógrafos que habían ido al asalto en la joyería en el 21 de Gran Avenida. Grito ¡me quieren pegar, me quieren pegar!, y me zafo de los pacos. Me subo al auto. Y salimos rajados de vuelta al diario”.

“El periodismo se entera de lo que pasó; despachos en vivo y toda la parafernalia. Revelo el rollo, el jefe me pregunta ¿tienes la foto?, sí, le contesto. Luego él corta los negativos y me dice seco, sí, están buenas. Quedé ¡plop! Uno espera que le reconozcan el trabajo. Les pregunté si necesitaban algo más, que les contara lo que vi. Como me dijeron que no, partí rápido a Andacollo. Cuando iba por Los Vilos empezó a sonar el teléfono celular. Llamaban del diario. No pesqué. Chao no más. El sábado sale la foto en el diario. La única información era el informe de Carabineros. Yo les ofrecí contarles lo que vi. No tenían la visión de qué era importante”.

“El domingo me llama Max Montecinos (editor de foto del naciente Metropolitano) para que me fuera a ese proyecto. El lunes voy a La Tercera, la gente me saluda pero llego a foto y nadie me dice nada. El mismo jefe de antes me dice que había unas fotos fuera de foco y me ordena que vaya a hacer unas fotos sociales en la embajada de Japón. Yo renuncio, les digo. Un jefe del área periodística se me acerca y me da un discurso como de media hora, excelente foto, Marcelo, gran coraje. Le cuento lo del Metropolitano. Me pide que me quede en La Tercera, le digo que me doblen el sueldo, me contesta que no puede, pero que me ofrece… un día libre. Pero igual me fui en buena onda de La Tercera”.

Marcelo acaba de cumplir 40 años. Hace seis meses volvió a Chile después de nueve años trabajando para la agencia Associated Press en Montevideo. Aunque en rigor se movió por muchos lados: Angola, Venezuela, México, Brasil, Zimbabue, Sudáfrica, suma y sigue. Recién regresado, volvió a La Tercera, pero aguantó poco. Ahora tiene una agencia de fotos con un amigo.

Y su razón de volver a Chile: “mi hija quería tener una familia: primos, tíos, todo”.

Martin Parr es un caradura muy chistoso

Publicado diciembre 26, 2008 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

 

The Last Resort

Martin Parr tomó esta insolente foto llamada The Last Resort en 1985.

El fotógrafo Juan Diego Santa Cruz, autor del libro Chilean Beauty, acompañó a su colega inglés Martin Parr a la Vega Central en su visita a Chile en octubre pasado. Obvio que el desvergonzado Parr iba con su cámara. Santa Cruz quedó sorprendido mirando a Parr: “El tipo era un cara de raja. Llegaba y tomaba las fotos casi en la cara de la gente”.

Qué ganas de saber los resultados de esas imágenes. Pero por mientras, una cita del mismo Parr que esclarece un poco esa desvergüenza suya que le permite tomar fotos extraordinarias: “Fotografío gente sin sentirme culpable y ese es el secreto. La mayoría de los fotógrafos se siente culpable de aproximarse a la gente. Y si te sientes culpable la gente se pondrá tensa y nerviosa. Pero yo lo hago con mucha confianza. Y por supuesto que cuando lo hago evito tener problemas”.

 

Por ejemplo la foto The Last Resort –que acompaña este artículo y publicada en 1986 con el mismo nombre– es casi una insolencia. Aunque no sólo eso. Es además chistosa, y si se la sitúa en su contexto, también sintomática de lo que Parr ha buscado mostrar.

 

Pero vamos por parte. Parr partió fotografiando las costumbres isleñas tradicionales como el tecito de las viejas inglesas, la misa fome pero peculiar, la fijación de los ingleses con el tiempo meteorológico, la casita en la campiña, las carreras a la chilena pero a la irlandesa. Son fotos hechas a la manera parriana, es decir, fascinantes. Pero en 1982, tras dos años en Irlanda, regresa a Inglaterra. Mejor dicho se estrella de frente con ella. Y para un tipo que sabe cómo leer lo que tiene delante, fue una experiencia vital. Parr halla una Inglaterra enteramente tajeada por la economía ferozmente liberal de Margaret Thatcher. Como dice Sandra S. Phillips, una de sus curadoras, “a Parr uno de los cambios que más le llamó la atención fue el que afectó a la comida, que había pasado a producirse masivamente y venderse en supermercados”.

 

Vio gente comiendo no como si fuera una necesidad o un placer, sino como si el alimento fuera un volcán de ketchup y mayonesa; gente asoleándose en playas al lado de basura; señoras dueñas de casa reunidas en una tertulia de tupperware (moda que también se dio en Chile). Y se abocó a retratar esas escenas vulgares pero sin amargura, acusó la fealdad pero sin dar sermones. Y esa fue una de sus gracias. Parr fue como un Nicanor Parra de la fotografía, un antifotógrafo. No fue pionero, porque recogió la idea de los fotógrafos documentalistas estadounidenses que venían haciendo algo parecido. Pero fue clave.

 

Viejo mañoso

Una anécdota. En 1994 Parr es aceptado en la agencia de fotógrafos Magnum. Y el 95 asistió a una exposición suya Henri Cartier-Bresson, fundador de la susodicha agencia y una especie de fotógrafo “nerudiano”, heroico, que también gustaba de mostrar la calle, la gente. Era un documentalista social, como Parr. Al salir de la exposición, Henri conoce a Martin. Irritadísimo como viejo mañoso, lo mira fijamente y le dice: “Sólo tengo una cosa que decirle. Es de un planeta completamente diferente al mío”. Un cagatintas –como uno– presente le preguntó a Henri: “¿Eso quiere decir que no te gusta su trabajo?” Cartier-Breson echando humo replicó: “¡Yo nunca, nunca repito lo que digo!”. Y se fue.

 

Después Henri le mandó una carta conciliadora entre comillas, y la cosa se diluyó. Nada importaba, porque la choreza, los colores, la ironía, el humor de Parr son de otro planeta, por eso el tipo está en el Olimpo de los fotógrafos, por su implacable estética democrática.

 

Volviendo a la entrometida foto de este artículo, su humor es universal. Parr usó para ese libro la máquina Plaubel Makina de formato medio. Es ligera y con la espontaneidad de una Leica, pero con un negativo mayor. El flash con que tomó esta foto hace que la vendedora se vea suavemente iluminada y que los colores, de los helados por ejemplo, refuljan.

 

En los últimos años Parr se ha dedicado a fotografiar el turismo globalizado con resultados increíbles, y también se ha obsesionado con Corea del Norte, a donde ha viajado varias veces para retratar la vida bajo ese raro régimen político.

 

Un par de citas de Parr: “Gran Bretaña sigue unida bajo la bandera y un cielo gris, lo que me hace mucha gracia, incluso cuando brilla el sol. Todavía existe esa actitud de ganamos dos guerras mundiales y un mundial de fútbol, que me encanta explotar a través de la fotografía”. Es como ese otro dicho que dice que los ingleses pierden todas las batallas, menos las decisivas.

 

Parr, que colecciona postales –su estilo de fotos brillantes y colores saturados se inspira en ellas–, dijo una vez: “En los folletos de viajes todo parece bonito, pero la realidad es muy diferente. La mayor parte de las fotografías que nos rodean son una forma de mentira. Y creo que es importante que los fotógrafos luchemos contra eso y sirvamos como de antídoto. Yo entiendo las reglas del juego de la propaganda y las subvierto, las rompo a propósito”.

 

El talento ultra sofisticado de Gursky

Publicado diciembre 19, 2008 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

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El 7 de febrero del 2007 una foto enorme era subastada en la casa Sotheby’s. En rigor eran dos fotos: un díptico que medía 2,05 metros de ancho por 3,41 de alto. La imagen, llamada 99 cent II, Diptychon, retrataba uno de estos lugares que en Chile se llaman “todo a mil (pesos)”, pero que en este caso era todo a 99 centavos de dólar. Las fotos fueron tomadas por el alemán Andreas Gursky, probablemente en 1999, en Hollywood, California.

Ese 7 de febrero el mundo del arte quedó atónito luego de que la imagen se vendiera a 3,34 millones de dólares. Se convertía así en la foto más cara de la historia. Un récord, superado este año por una foto de Richard Prince.

El mercado del arte, sin embargo, ya había tomado un trago de la misma medicina. En noviembre de 2006 la misma foto de Gursky había sido vendida en otra subasta en Nueva York en 2,48 millones de dólares.

Sí, la misma imagen vendida dos veces. A diferencia de la pintura o la escultura, donde una obra es única, en fotografía una imagen es un original hasta en tiradas de 25 copias. En el caso de 99 cent II, existen seis copias. Sobra decir que Andreas Gursky ha ganado mucha, muchísima plata con esta foto. ¿Pero cómo es posible que una foto pueda llegar a costar tanto? ¿Qué lecciones sacar de la obra de Gursky? Sobre todo en un país como Chile, cuya población es, con seguridad, una de las que más toma fotos en el mundo proporcionalmente hablando.

Para calibrar a Gursky, hay que decir que gracias a él y otros tres o cuatro fotógrafos esta disciplina ha cambiado favorablemente en los últimos 25 años, en que hemos visto cómo la fotografía ha irrumpido como un río en museos, galerías y subastas valiosas. Hay consenso en que cuando los fotógrafos se olvidaron de sí mismos, cuando dejaron de justificar su oficio como un arte ante el mundo, comenzaron de verdad a hacer arte.

En el caso de Gursky, su estilo dio un giro importante en 1992, cuando empezó a manipular sus fotos en el computador; primero, quitando los elementos que ensuciaban la imagen; y luego, lisa y llanamente recreando la realidad. Se dice de él hoy que su estilo es el “realismo asistido”. En el caso de 99 Cent II, se trata “en realidad” de un negocio, pero él manipuló las imágenes: juntó el plano más cercano con el del fondo y acentuó los colores. Es como si en la tienda hubiera agarrado las estanterías del pasillo del fondo y las hubiera puesto casi encima de las más próximas.

¿Qué quiere decir con esto? En una subasta en Sotheby’s el texto de su presentación decía: “Sus fotografías escrutan el paisaje postcapitalista, buscando los significados que definen nuestra vida diaria”. Se dice que él retrata el fenómeno de la acumulación material del capitalismo.

Aunque echando un vistazo a su obra total es posible apreciar otra cosa. Su punto de vista es curioso: es como si el observador –uno mismo– fuera un cíclope que lo ve todo desde la lejanía, sin perderse, sin embargo, ni un detalle, ni el más minúsculo. Lo que se produce en gran medida gracias a sus enormes fotos, que han sido comparadas con las pinturas de paisajes del siglo XIX.

Orlando cuenta cómo tomó esta increíble imagen

Publicado diciembre 19, 2008 por alejandro pardo
Categorías: Fotografía

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Orlando Barría tomó esta increíble foto durante el paso del huracán Dean en República Dominicana.

El 18 de agosto del 2007 el fotógrafo chileno Orlando Barría cubría para la agencia EFE el atronador paso del huracán Dean por República Dominicana. Dean, categoría 5 en la escala de huracanes, o sea la máxima, entraría por el sur del país, donde se ubica la ciudad de Pedernales. Barría se trasladó tempranísimo hacia la zona. Pero al chocar con la isla, Dean se ablandó; entre comillas, porque del cielo el agua cayó a baldes, como se dice en el Caribe.

Barría, que trabajó en Chile en los diarios “La Época” y “El Metropolitano” antes de entrar a EFE, se dedicó la noche de ese 18 de agosto a recorrer los albergues repletos.

“Y al día siguiente por la tarde emprendí mi regreso a la capital, Santo Domingo, ubicada a cinco horas”, rememoró.

Como fotógrafo curtido, mantuvo el ojo aguileño durante el trayecto buscando esa foto, la inmortal, el documento periodístico para la posteridad. “Por la lluvia la visibilidad era casi nula, no veíamos a más de 10 metros de distancia. Cuando llevábamos una hora de marcha, veo unas figuras borrosas a través de la ventana de la camioneta y le digo al chofer que se haga a un lado del camino. Ahí logré identificar que eran dos niños desnudos parados en medio de la autopista, bajo la potente lluvia de Dean”.

“No lo pensé dos veces. Sabía que la imagen era increíble, pero que con sólo abrir la puerta me mojaría entero; peor aun, mojaría mi cámara hasta el último tornillo”.

“Puse el lente 70-200 milímetros, abrí la puerta, caminé unos metros y realicé unos ocho ó 10 disparos en total: las primeras fotos a los dos niños, y después sólo al niño menor, que estaba parado exactamente en el medio de la carretera”.

“Sabía que con eso bastaba. Corrí a la camioneta completamente empapado. Quité la batería. Sequé todo mi equipo lo más rápido posible. He cubierto varios huracanes y sé que el agua no perdona”.

Varias horas después Orlando prendió la cámara y vio las fotos. Las envió al tiro a la agencia y a recorrer el mundo, pues la imagen fue ampliamente difundida para retratar al fiero Dean: fue publicada en Alemania, España, Emiratos Árabes Unidos, Bélgica, México, Gran Bretaña, etcétera.

Ese 2007, y uno tras otro, Dean y las tormentas tropicales Noel y Olga dejaron 126 muertos y más de 150 mil damnificados sólo en República Dominicana.

Barría, quien vive hace seis años en ese país y cubre sucesos periodísticos por el Caribe, ganó con esta foto del niño desolado el primer lugar en la categoría Internacional del Salón de Fotografía de Prensa en Chile, en su versión 2008.

La foto acaba de ganar otro galardón, anunciado el 19 de diciembre de 2008. Fue el Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña en la categoría “El cambio climático y sus efectos sobre la salud humana”, concurso que convoca la organización Médicos del Mundo.